«Si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos»

14 Feb 2026 | Aventuremos la Vida, Evangelio Dominical

El Sermón de la montaña o de las Bienaventuranzas también es la primera proclamación de la nueva Ley, la Ley de Cristo. Jesús también habló, y claramente aunque en su estilo, de este tema que es esencial. En primer lugar, afirma claramente que no ha venido a hacer derogaciones, a dar por terminado el modo de relación vigente hasta Él entre Dios y los hombres, la antigua alianza, la Ley de Moisés, que era la base vital y legal del judaísmo. Pero la antigua alianza era mucho más, pues también incluía a los Profetas, desarrollo y aplicación de esa misma Ley y alianza de acuerdo a las vicisitudes de la historia del pueblo elegido. Jesús no ha venido a darlos por terminados o a desactivarlos, especialmente en sus aspectos más incómodos a nuestra mentalidad, sino, dice, ha venido darles plenitud, a cumplirlos y hacerlos cumplir, a llevarnos con ellos a la que es su meta, como dice la misma Ley: «sed santos como yo soy santo» (Lv 19,1). Esto está en la misma línea que las Bienaventuranzas que anuncian la irrupción de Dios mismo en la vida y la historia de los hombres de un modo definitivo: la santidad, la vida bienaventurada ya está aquí, ya es posible, gracias a Jesucristo, hombre e Hijo de Dios al mismo tiempo. Por eso puede decir que ha venido a cumplir la Ley, porque es el hombre que cumplirá plenamente la voluntad de Dios en su carne mortal, con su voluntad humana, aquello que nosotros no queremos, no sabemos o no podemos realizar por completo. Jesús lo deja más que claro: la Ley es revelación del ser y del querer de Dios, de su voluntad, y quien niegue esto en la teoría o en la práctica dando por derogados los diez mandamientos, por ejemplo, o afirmando que ya no nos obligan. La antigua Ley era y es verdadera y la mejor prueba de ello es el Evangelio y Quien lo anuncia, que la valoran en lo que es y la cumplen. Pero esta Ley no es lo último, no es lo definitivo y por eso, enseguida, Jesús nos pide mucho más: una justicia «mejor» o mayor que la de los mejores y mayores cumplidores de la Ley en su tiempo que eran los fariseos (llamados a vivir la misma pureza sacerdotal de los sacerdotes que oficiaban en el templo en su vida laical) y sus mejores y mayores estudiosos, los escribas. Para entrar en el «reino de los cielos» que ha irrumpido en la persona y Palabra de Jesús, es necesaria una «justicia mejor» o mayor que la de estos. Esta justicia en la Escritura refiere a la relación de Dios con el mundo y con cada uno y significa, por tanto, una mayor y mejor cercanía a su Presencia, esto es, a Cristo. Significa, pues, seguirle de verdad, con la cabeza y con la vida, porque solo detrás de sus pasos, guiados y acompañados por Él, en comunión viva con Cristo. Desde aquí, Jesús pronuncia, como enseñanza y ejemplo, sus famosas antítesis o correcciones a la Ley. En primer lugar, hay que recordar siempre que Jesús es el único que puede cambiar o interpretar la Ley en su verdad y también pronunciar, como hizo, un «mandamiento nuevo» de amar y servir como Él, en concreto, lo hizo, porque es el Hijo de Dios encarnado, y así el Legislador supremo. Con todo, sus antítesis están en línea con lo ya anunciado: no derogan sino que profundizan, hasta la misma raíz, lo que ordenan los mandamientos. En estas primeras tres antítesis se refiere a cuestiones esenciales de la vida. Primero, no basta con ‘no matar’ (aunque ya estaría bien cumplir esto) sino que tenemos que cuidarnos mucho de hacer mal a los demás, en especial, ese mal gratuito que se hace mediante el desprecio o el insulto, especialmente cuando lleva intención de hacer daño de verdad. Jesús nos recuerda que todos somos de carne y espíritu y que no solo la violencia física nos hiere, sino también la anímica, que nos despreciemos o insultemos. La nueva Ley significa considerar al otro como a mí mismo (‘amar al prójimo como a uno mismo’) y que hacer daño a los demás por el medio que sea, siempre tiene consecuencias y repercusiones: reduce nuestra justicia, altera nuestra relación con ellos y con Dios, por supuesto. El Señor no es indiferente a nuestras disputas y así no podemos presentarle ofrendas peleados unos con otros o deseando y haciendo el mal a los demás porque eso invalida directamente el encuentro con Él en el templo, en la Eucaristía, como es nuestro caso. Otro tema esencial es el de los malos deseos de impureza que llevan a malos actos. No basta con ser adúlteros, con faltar a los votos sagrados pronunciados hacia otra persona, sino que también el deseo interior, el descontento personal, el considerar que merecemos, físicamente, más de lo que tenemos es mal, es pecado, es negatividad que rompe la relación justa con Dios, que impiden que su gracia llegue a nuestra vida. La unión legítima (verdadera) de hombre y mujer es inviolable e irrompible, garantizada por el mismo amor de Dios en Cristo. La tercera cuestión prohíbe radicalmente el «juramento», esto es, que apoyemos nuestra credibilidad en Dios mismo, que le tomemos como la garantía de una vida que, en definitiva, no se le entrega de todo. No necesitamos a Dios para eso, sino para lo contrario, para darnos a Él de verdad y que nuestra vida, entonces, manifieste a las claras que somos sus hijos, y hermanos de todos.