«Se transfiguró delante de ellos»

28 Feb 2026 | Aventuremos la Vida, Evangelio Dominical

El domingo pasado nos mostraba el camino que nos conduce a la Pascua, a la conmemorar y revivir la redención, que consiste en la permanente lucha contra la tentación a fin de vivir cada día más como hijos de Dios y verdaderos hermanos. Hoy se nos recuerda la meta, la vida divina y transformación hacia la que caminamos. Y en ambos casos, es el mismo Jesús quien nos lo muestra en su propia vida humana. Ciertamente Él es camino, verdad y vida para nosotros y hoy nos ha querido mostrar que esa Vida y Verdad están en su mismo ser, y por eso sobre aquel monte su cuerpo mortal, como el nuestro, su Sacratísima Humanidad como siempre decía Teresa de Jesús, nos enseñó su interior, al Dios vivo y verdadero que oculta y revela al mismo tiempo. Esa Humanidad iluminada desde dentro por Dios mismo es el cumplimiento de las promesas de Dios a Abrahán (primera lectura) en el inicio mismo de la historia de salvación que culmina en Cristo. Dios prometió a ese hombre y a todos los que le siguieran creyendo a Quien le había llamado, una tierra que le mostraría y una descendencia. Esto es todo los que necesitaba y necesitamos: un lugar para vivir como quienes somos y poder hacerlo para siempre, esto es una casa y una vida eterna en familia. Aunque para tenerlas, Abrahán tuvo que dejar lo que tenía, su tierra y lo que llamaba familia y echarse a un camino de y descubrimiento del Dios verdadero, el único capaz de hacer realidad estas promesas. Dios quería devolvernos lo que perdieron los primeros padres: el ser dioses como hijos de Dios y no del modo falso que lo pretende la humanidad desde entonces, por sus propios medios o postrándose ante el Malo. Por eso Jesús les mostró su verdadera realidad, su Persona, que unía de modo inseparable e inconfundible, a Dios y al hombre, a unos pocos discípulos y luego también a nosotros en un día como hoy: su carne y alma humanas se transfiguran para dejar ver la divinidad y la teofanía entera manifiesta que El es el cumplimiento y el cumplidor de las promesas divinas. La nube oscura, signo también de la presencia divina y, sobre todo, la voz del Padre que esta oscuridad protege y revela y que subraya y confirma todo lo que la visión sugiere. Efectivamente, este hombre es el Hijo amado del Padre, el único en quien se complace, refleja, revela, a Quien da todo su amor y Quien se lo devuelve también plenamente sin dejar nada. Dios Hijo es quien ha venido y se ha quedado con nosotros y cada palabra y gesto suyo, especialmente el último y más grande de su entrega total a la voluntad del Padre nos hacen posible también a nosotros ser hijos de Dios y hermanos en consecuencia. Este momento especial de revelación tiene mucho que ver también con la celebración que hacemos del Sacramento. Allí y aquí son la Ley y los Profetas –Moisés y Elías– quienes nos ponen en la pista para descubrir y, sobre todo, para seguir a Quien así se revela. También nos anuncian que este Hombre que es Dios vencerá la muerte que nos aflige en la carne, como efectivamente celebramos cada domingo cuando revivimos en la Eucaristía su sacrificio. Así pues, Jesús se nos manifiesta hoy como la auténtica meta y fin de nuestro camino cristiano de conversión. Él es la promesa cumplida y a nuestro alcance porque hemos sido llamados radicalmente por el Padre a ser sus hijos y así hermanos unos de otros, a ser como Jesús, a una vida de servicio y entrega a Dios y a los demás, a una progresiva divinización, a que nuestro entero ser, cuerpo y alma, vaya siendo cada vez más como el Hombre pleno, el Señor Jesucristo.