Una vez iluminado el camino que lleva a la Pascua (lucha continua contra la tentación) para llegar a la restauración y redención de todo lo que Dios siempre ha querido para nosotros (el hombre nuevo, Cristo en la Transfiguración), afrontamos en los tres últimos domingos las tres características o dimensiones esenciales en que consiste esta transformación, restauración y redención: necesidad del Dios verdadero, volver a ver la Luz original de la creación y, para siempre, la vida que no se acaba. Hoy se nos habla de o más urgente: la sed que se esconde en nuestro cuerpo y nuestro espíritu, sed de lo esencial, de lo verdadero, de lo que dura para siempre. Es lo primero, porque sin beber no se aguanta, como nos recordaba la primera lectura. El ayuno pude durar días y semanas, pero sin agua no aguantamos mucho. Es lo primero que siente Israel apenas comenzado su éxodo por el desierto. Y esta sed significa el vínculo esencial con Dios, que somos sus criaturas y podemos aguantar muchas cosas, pero no su lejanía. Este alejamiento, que siempre es nuestra culpa, nos deshumaniza. Hemos querido cortar los lazos creacionales y esto tiene siempre un coste, nuestro ser se desnaturaliza, pierde el norte y pretende, como vemos por doquier, autodeterminarse, autoconstituirse, pero sin éxito real ni duradero. Por eso Dios mismo ha querido reconstruir ese vínculo o manifestar que, desde su lado, siempre ha estado y está abierto pero que requiere nuestro asentimiento y colaboración para funcionar (los intentos a través de Moisés que narraba la primera lectura). Es lo que vino Cristo a reparar, como deja claro la conversación con la Samaritana que nos relataba el Evangelio. Es Jesús quien, cansado del camino, sediento, reconoce su necesidad como hombre y pide a esta mujer, que no lo merecería según los estándares religiosos, de beber. La mujer, claro está, se extraña de que un judío le pida algo, que le pida agua. Ella es plenamente consciente, como Él, de que judíos y samaritanos no se tratan, ni siquiera se reconocen mutuamente como interlocutores. Jesús, directamente, se refiere al don de Dios del que es portador y que, en realidad, es Él quien le está ofreciendo de beber, restaurar la relación perdida (por razones históricas y misioneras, Jesús lo intenta con una samaritana tras su fracaso con los judíos). El diálogo, como es propio del evangelista Juan, se mueve entre lo humano y lo divino, lo que se ve y no lo que no pues lo temporal y realmente presente (la sed y el don de Dios en Jesús) manifiestan lo realmente importante: cómo restaurar el vínculo vital entre Dios y su pueblo. Jesús le revela, nos revela, que en Él está lo que nosotros más anhelamos, buscamos y deseamos, aquello que únicamente llena nuestro vacío interior que es infinito y nada de este mundo lo puede llenar (ninguna de estas «revoluciones» que jamás hallan un nuevo punto de asiento donde detenerse y tienen que avanzar hasta lo que sustituye al infinito, que es el absurdo y el no ser). En ese diálogo, la mujer, abierta a Jesús, va viendo y entendiendo, primero, que Él es un profeta que enseña verdaderamente sobre Dios y después, quien es Jesús realmente: el Mesías, el que todos esperaban, el que lo dirá todo y lo restaurará todo. Jesús, por eso, puede transmitirle la verdad oculta hasta ahora: los samaritanos y todos adoramos a Quien no conocemos pero ahora ha llegado la hora para la verdadera adoración. La verdad la tenían los judíos, pero ahora se ha manifestado para todos en Jesús, un hombre que es también el Hijo de Dios y por eso puede reunir de nuevo a los hijos con su Padre. Jesús llevará esta realidad suya hasta el límite: será obediente al Padre, como hombre, hasta la muerte y así resucitará y rehará el vínculo. Este es su alimento, lo que le mueve y también lo que nos deja como discípulos y como iglesia: entender vitalmente que el vínculo está restaurado, que en Él podemos ofrecer el verdadero culto, con nuestro espíritu (todo nuestro ser) en la verdad de nuestra entrega. Esto nos empuja a la Misión como nunca: tenemos que ir a recoger los frutos de este reencuentro, de este culto en espíritu y verdad, de que Jesús vino y sigue aquí como Salvador del mundo.


