Estos cuarenta días hasta la Ascensión del Señor fueron –y son– un tiempo muy especial para la Iglesia. Jesús Resucitado «se les presentó él mismo después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles del reino de Dios» (Hch 1,3), es decir, fundando en su presencia física y espiritual y en la culminación de su enseñanza, la Iglesia que había de continuar tu Misión, que Él impulsaría y sellaría definitivamente unos días más tarde con el envío, junto con el Padre, del Espíritu Santo, que lo haría presente y le permitiría actuar en medio de los suyos y en el mundo. Durante esos cuarenta días, Jesús repasó con ellos todo lo dicho y hecho, remachando su enseñanza sobre el reino de Dios, que se había ya inaugurado como nueva Creación de Dios en su Resurrección, iniciando el trabajo que sería más tarde del Espíritu y de la iglesia misma en comunión con Él y con todo lo obrado y dicho por Jesús (cfr. Jn 14,26). Pero lo esencial estaba ya plantado y tendría que irse desarrollando, como semillas, a partir de esos encuentros. La primera lectura nos mostraba, en sus fundamentos y esencias, lo que era ya y tendría que ser siempre esta iglesia, comunidad y nuevo pueblo de Dios con Jesús en medio de ella: un grupo de hombre y mujeres que perseveraban en la oración personal y común, en la celebración del gran legado de Jesús, la fracción del pan, el Sacramento de su entrega a la muerte sobre el Calvario y, por tanto, de su Resurrección. Todo esto obraba una comunión, reunía a personas distintas en torno a un solo corazón y voluntad, la de Cristo, que los impulsaba a dar testimonio y después, a abrir sus corazones y sus puertas a todos aquellos que aceptaran ese testimonio, continuación del que manifestaba Jesús. También durante aquellos días, Jesús estuvo presente de un modo visible y corporal, aunque según sus propias reglas y normas, dejándose ver solamente cuando, dónde y por quien Él quería. Para entender bien estos relatos tenemos que tener en cuenta que no se trata de «visiones» o locuciones imaginarias o intelectuales, como las que menciona la tradición espiritual (especialmente Sta. Teresa y S. Juan de la Cruz), aunque se puedan establecer analogías. El cuerpo de Jesús se manifestaba a los sentidos, se podía ver y tocar con los sentidos exteriores. Jesús no es un «espíritu» inmaterial sino que tiene materia, un cuerpo aunque espiritualizado que anticipa como seremos nosotros mismos tras las resurrección de nuestra carne, un cuerpo sobre el que el espíritu puede, por fin, disponer por completo. Y es por eso que se dejaba ver y hasta tocar, cuando y como mejor le parecía, como nos enseñaba hoy el Evangelio. Jesús entra en aquel lugar donde están los discípulos cuando quiere porque ya no está sometido a los límites del espacio y el tiempo. Y habla y se manifiesta continuando su revelación: ha vuelto a reunir, a llamar a sus discípulos para la tarea que les aguarda: seguir haciendo presente en cada época y lugar de la historia el reino de Dios ya inaugurado. Por eso es esencial que cada discípulo y apóstol se convenza de su resurrección, como sucede con Tomas que, a través de su Humanidad Sacratísima vislumbra, casi toca, al Logos, al Verbo, al Hijo de Dios vivo para siempre en su carne humana ahora glorificada. Así, nuestra fe significa asumir la realidad en su plenitud y aunque no podamos comprenderlo todo, sí que sabemos que este Hombre, Cristo, es Señor nuestro y Dios nuestro, que ahora puede compartir con nuestra realidad histórica y carnal la mismísima vida divina.


