«Mientras es de dí­a tengo que hacer las obras del que me ha enviado»

14 Mar 2026 | Aventuremos la Vida, Evangelio Dominical

Hoy revivimos y celebramos que la redención de Cristo significa que la luz de Dios ha vuelto y está presente en nuestras vidas, que ya no tenemos porqué caminar en la oscuridad o que descubrir otras luces y senderos porque el cielo se ha hecho ver de una vez para siempre en Cristo, mostrándonos a donde nos dirigimos y como hemos de llegar hasta allí. Nos lo recordaba la primera lectura que podríamos resumir con palabras de San Juan de la Cruz como que «el mirar de Dios es amar» (CB 32,3). Es decir, que lo que Dios mira, lo cura, lo engrandece, lo transforma y lo diviniza. Esa mirada amorosa de Dios se concreta y de qué manera en Jesucristo su Hijo. Cuando El nos mira, aunque nos ve como somos, en nuestra realidad concreta, sobre todo nos contempla como somos en el fondo, como criaturas de Dios, sus hijos y se dispone a perdonarnos, curarnos y transformarnos, lo que haga falta. Así hemos escuchado que sucedió con aquel ciego de nacimiento. Jesús nos revela que lo importante no es el origen de su pecado (de sus padres o de sus propias acciones) sino que Dios va a manifestar en el su gloria, nos va a mostrar lo que ha venido a hacer con todos nosotros. A este respecto el ciego es un caso extremo: nunca conoció la luz y, por tanto, nada de lo que ella puede iluminar. Jesús actúa en la raíz y le devuelve o, mejor , crea o recrea en el la vista que nunca tuvo. Pero su nueva capacidad, en principio, no le trae ningún beneficio. Al contrario: pierde su lugar en la vida, su derecho a la limosna y tiene que enfrentar múltiples exámenes sobre los que ha pasado y sus repercusiones. Su curación, su «iluminación», es vista como un ataque al sistema de pensamiento vigente y todos acaban apuntando a Jesús, que lo ha provocado. Los representantes del sistema vigente quieren desautorizar lo sucedido afirmando que Jesús es un pecador, que no cumple con el sábado y por eso no puede obrar en nombre de Dios. Su curación sería, pues, una especie de obra indiferente o diabólica, no una intervención directa de Dios, lo que es evidente pues ha obrado un prodigio que nadie jamás había hecho antes. Al final, como no pueden convencer al que había sido ciego, lo expulsan de la comunidad. Y en ese momento cuando Jesús lo encuentra de nuevo y él, que ya es libre para ver la realidad y discernir la verdad, le reconoce como Hijo del Hombre. Como el domingo pasado, el que había sido ciego no reconoce así porque sí a Jesús. Sólo contempla ante él a otro hombre pero ahora es capaz de ver las cosas tal y como son y que ha sucedido lo más increíble: que el Hijo de Dios es también ahora Hijo del Hombre y que está ahí ante él y que lo puede reconocer y adorar. Es Dios quien le ha curado, ha intervenido en su vida para bien, para darle la luz y la capacidad de discernir la realidad tal y como ahora es. Y es que en la realidad humana que todos compartimos se hace ahora presente Dios en la persona de su Hijo hecho hombre, hecho nuestro Salvador que se inclina ante cada uno de nosotros, nos acoge, nos perdona si hace falta, nos cura y no se abre la posibilidad de recibirle como Salvador y como Mesías. Jesús también nos advierte, después de darnos la luz que lo malo o lo peor no es no ver, sino no querer ver, cerrarnos a la luz para defender un sistema de pensamiento o de fe o de vida que ya no se sostiene en la realidad.