El quinto domingo de Cuaresma nos hace entender que la redención que nos ha conseguido Jesús y que celebramos en Pascua, y cada domingo y cada día, significa la vida eterna. En realidad, en estos tres domingos hemos contemplado a Cristo como Camino y el agua que permite recorrerlo hasta el final; como Verdad, o luz que nos abre los ojos y hoy como la Vida que finalmente restaura y lleva a plenitud nuestra condición de hijos de Dios y hermanos unos de otros. Ya no los decía la primera lectura: el propósito de la alianza siempre fue devolvernos la vida, o no dejar que nuestra existencia tal y como es perezca (la tierra y la descendencia prometidas a Abrahán coinciden al final). Del modo que Dios, gracias a la Palabra que transmite el profeta Ezequiel, hace revivir a Israel tras su destrucción en el destierro, Jesús llama de la muerte a su amigo y discípulo Lázaro, y lo mismo hará con cada uno de nosotros. El Evangelio nos lo relata como hechos premeditados por Jesús: la muerte de Lázaro, como la ceguera del hombre del domingo pasado, sirve para mostrar la gloria de Dios, es decir, el culmen de la obra de Jesús y de su ministerio. Con su entrega hasta la muerte y su resurrección, ha restaurado nuestra relación filial con el Padre, ha abierto nuestros ojos y nos está resucitando; su amistad, la fe en Él es amor verdadero, luz y, sobre todo, vida verdadera. En este caso, Jesús no quiere enfrentar la enfermedad como otras veces, sino la misma muerte, nuestro último enemigo y el más persistente y radical, el encuentro que nadie podremos evitar. Y no la enfrenta en la teoría, desde la reflexión o la razón, aplicando procedimientos o llamando a creer y confiar en Dios que nos resucitará una vez hallamos cerrado el ojo, como se muestra en las conversaciones con las hermanas. No: Jesús va directamente a la tumba de su amigo y discípulo Lázaro y lo llama para que salga afuera, para que muestre cómo está vivo porque ha muerto creyendo en Él, ha muerto como amigo suyo. Antes, como en los relatos anteriores, Jesús se refiere a su Misión que manifiesta su ser de Hijo de Dios en su Humanidad: hacer la obra del Padre manifestando la amistad y amor de Dios; que es la Luz del Mundo que tiene que alumbrar en el tiempo que se le ha concedido; que da la vida a los hombres porque comparte su carne. Jesús no habla aquí, pues, de la resurrección final, la que sucederá cuando también nuestros cuerpos se levanten de la tumba cuando todo sea hecho nuevo, sino de la que sucede desde ya, cómo realmente ser discípulo suyo, creer en Él, es ya empezar a vivir para siempre, la que será cuando todo se cumpla. Creer en Jesús es abrirse a la salvación definitiva, al amor verdadero, a la luz, a la vida definitiva y Él lo muestra del modo más directo y claro. En pocos textos como en este manifiesta Jesús su vínculo único y sustancial con Dios mismo, como Él mismo había dicho: «llega la hora, y ya está aquí, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que hayan oído vivirán». Él es el Hijo, tiene la vida en sí mismo, dada por el Padre, y por eso llamó a Lázaro y nos llama a cada uno de nosotros. Lo que viviremos después de morir, el encuentro definitivo con Dios, se adelanta en el encuentro definitivo con Cristo que son los Sacramentos, muy especialmente la Eucaristía donde la Voz y Palabra, el Cuerpo mismo de Cristo nos llaman, desde ahora ya, a vivir para siempre. Porque la vida del cielo, la vida como hijos de Dios y hermanos, la podemos, la tenemos que vivir ya desde ahora. Con toda su vida y su obra, con su permanecer entre nosotros, con toda la Iglesia que se prepara a revivir los «sacramentos pascuales» como dice el prefacio de cuaresma. Y todo es posible gracias a Cristo, el Hijo de Dios, que se encarnó, que se hizo uno de nosotros para acercarnos para siempre la voz y la presencia de Dios y compartir desde su carne a la nuestra todos sus bienes, cumpliendo por fin lo que Dios mismo siempre había querido compartir. La mejor preparación, pues, a las fiestas que se acercan es escuchar al Verbo y Palabra de Dios, al mismo Cristo que nos habla y desciende en cada una de nuestras celebraciones. Que su Carne y su Sangre puedan revivir la nuestra, que seamos capaces de perseverar en lo que Él nos ha regalado: su Amistad, su Luz, su Vida.


