El Evangelista Mateo habla más y de modo más «sistemático» de la enseñanza de Jesús que, junto con sus obras, signos y actitudes constituyen la acción de Dios, el cumplimiento de sus promesas, la llegada del Reino de los Cielos. Las Bienaventuranzas son el inicio y el corazón del primero de los cinco discursos que nos transmite el Evangelista. Jesús en estas palabras comenta y profundiza su anuncio inicial acerca de la conversión a Dios porque llega su Reino. Entroncando con la tradición bíblica y profética (primera lectura) que habla de los pobres como aquellos que permanecen en la Alianza porque practican el derecho y confian humildemente en Dios, Jesús conecta sus vidas directamente con la posesión y disfrute (dicha, bienaventuranza, visión de Dios) del Reino de Dios identificado con sus obras y enseñanza. Es esta pobreza del corazón, el conocer y vivir sabiendo de la propia pobreza y dependencia de Dios como criaturas, la que los hace ser hijos de Dios, capaces de vivir los frutos de la nueva alianza que Dios está fundando en Cristo. Asumir y aceptar vitalmente que todos somos «pobres» en este sentido esencial es la «conversión» porque nos predispone a aceptar la acción divina en Jesús que está aquí para redimirnos realmente, a cada uno en nuestra situación particular. Es decir, a pesar de las dificultades reales (pobreza, debilidad, dolor, impotencia) y en las actitudes positivas como la misericordia, la búsqueda efectiva de la justicia o la paz. El Reino de los cielos irrumpe en la realidad, no solo en las ideas, la mente o la imaginación y Jesús mismo es su mejor realización. Quien le contempla o escucha y le cree y obedece, reconoce la acción de Dios que lo está cambiando todo pues asegura que todo lo bueno, lo justo y lo bello están ahora a su alcance si se deja renovar desde dentro por la amistad y la comunión con Aquel que ha venido -y se ha quedado – para entablar y sostener con todos los que acepten la relación fundamental con Dios que nos devuelve a nuestra verdad de criaturas y hacernos hijos de Dios que se saben hermanos y que se han de comportar como tales con todos para anunciarles y hacerles ver que la nueva realidad inaugurada por Jesús sigue presente y actuando. Así, quienes asumen esta pobreza radical de ser hombres ya viven en la nueva realidad y caminan hacia la Bienaventuranza porque son humildes, misericordiosos, buscadores de la justicia y de la paz o limpian su corazón a diario para que Dios pueda vivir «agradado* con ellos, a pesar de las lágrimas, desprecio y persecuciones que les cueste.


