Celebramos hoy un segundo domingo de Navidad, que como todas las fiestas de estos días no es sino un eco de la Gran Fiesta de la Navidad, el revivir anual de uno de los dos grandes pilares que sostienen nuestra fe cristiana: cómo el mismísimo Hijo de Dios se hizo hombre como nosotros, asumiendo nuestra carne, nuestra familia, la de todos nosotros para poder llevarnos, elevarnos, ensalzarnos con Él cuando vuelta a su Padre. Las lecturas, especialmente, nos invitan a profundizar en este hecho que realmente sostiene, alimenta, hace crecer nuestra vida cristiana, vida de comunión con Jesucristo, Hijo de Dios e hijo del hombre. Y lo hace haciéndonos pensar en el aspecto que, hoy día, quizá menos tenemos en cuenta: que el hombre Cristo Jesús es la Sabiduría, la Palabra misma del Padre, que proviene del mismísimo Dios, que ha descendido de ese cielo hasta entonces impenetrable para ser el centro de nuestra vida. Pues la cuestión no es ya si la vida se centra en Dios como «antes» (teocentrismo) o en el hombre, como «ahora» (antropocentrismo) sino que la realidad que vivimos es «teándrica», esto es, Dios y el hombre unidos en el centro de lo que más importa, «divino y humano junto», según la feliz expresión de Santa Teresa, siempre especialista, como mujer sabia y práctica, en definir con pocas palabras las realidades más complejas. La primera lectura nos recordaba esta relación entre la Sabiduría divina y los hombres: aunque su servicio, su ministerio está en la Tienda Santa, esto es, ante Dios y ante los hombres, haciendo manifiesta la Presencia y sosteniendo la oración, la relación de conocimiento y confianza, también afirma que «en la ciudad amada encontré descanso» y «arraigué en un pueblo glorioso» o, más claro aún en el libro de los Proverbios: «mis delicias están con los hijos de los hombres». Pues cada uno de estos hombres eran imagen suya, creados según el modelo inalcanzable del Hijo de Dios, aunque destinados a compartir con Él la misma vida de Dios, pues como Esposa suya han sido creados, como dijo tan hermosamente san Juan de la Cruz en su romance: «Una esposa que te ame / mi Hijo, darte quería, /que por tu valor merezca
tener nuestra compañía /y comer pan a una mesa /de el mismo que yo comía». Pues todas estas promesas se hicieron felizmente realidad en Jesucristo como nos recordaba ese hermosísimo texto que es el Prólogo del IV Evangelio. De hecho, ya comienza de modo impresionante, como reescribiendo el mismo comienzo de la Escritura: en «en el principio Dios creó los cielos y la tierra» se reinterpreta más hondamente como «en el principio era el Verbo», que siempre estuvo con Dios, siendo Dios. Y este Verbo-Palabra-Sabiduría divina es el «alma» de la creación y, por tanto, de su culmen que somos nosotros. Él era y es Luz y Vida pero no se quedó ahí, luciendo en el cielo o en el espacio más que confortable del seno del Padre y el calor del Espíritu sino que brilló donde era más necesario, en medio de la mismísima tiniebla, y aunque esta no quiso recibirlo, siguió fiel al Padre y su Misión. Se siguió manifestando por los profetas, acompañando el difícil camino de los hombres, hasta llegar al último, a Juan, quien testimonió la presencia concreta del Verbo en un hombre: había dado el paso definitivo acercándose lo más posible, cambiando en su raíz, al tiempo que cumpliendo su designio, la creación misma. Cuando la máxima luz brilló junto a los hombres, también fue rechazado, incluso por los de su misma casa, por aquellos destinados desde toda la eternidad a acogerle y secundar su Misión. Pero su fuerza continuó, continúa intacta: a cuantos lo recibieron, a cuantos lo reciben les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en Él, los que realmente entran en comunión con su Persona. Es la gloria de Dios que ha brillado en el hombre, en la carne, que nos libra de depender de las circunstancias, de nuestro subjetivismo (gustos y apetitos que diría Juan de la Cruz) y nos transforma realmente en quién éramos en lo más profundo: hijos de Dios que, por fin, pueden vivir como verdaderos hermanos.

