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22-05-2021
EL PENTECOSTÉS TERESIANO
La Conversión "definitiva" de Doña Teresa

En esta hermosa fiesta de Pentecostés me gusta recordar un acontecimiento de la vida de la Santa que es su “definitiva” conversión por la actuación del Espíritu Santo. Se sigue proponiendo, creo que, sin fundamento objetivo, como conversión “definitiva” la experimentada por ella ante un “Cristo muy llagado” (Vida, 9, 1-3). Es verdad que ese encuentro con el Cristo sufriente tiene mucha importancia en el desarrollo de su madurez espiritual y potenció su devoción al “Cristo Hombre”, dolida y agradecida por “lo que pasó por nosotros”.

            En la descripción del hecho, Teresa logra transmitir al lector un sentimiento de piedad y compasión de Cristo en una prosa admirable, como arrancada de las mejores meditaciones del mismísimo Luis de Granada, que cincela y esculpe los pasos de la pasión como el mejor de los imagineros españoles. Lo que debe deducir el lector del relato -y nada más- es lo que dice Teresa sobre la traición a Cristo por su desordenada vida y la eficacia redentora de la visión de Cristo: “Fui mejorando mucho desde entonces” (ib., 9, 3); pero no sanó el desorden de su afectividad que seguía derramada sobre sus amistades en el convento de La Encarnación de Ávila.

            Esa “conversión” de Teresa no nació de la fuente única de donde surgen las verdaderas “conversiones” en el cristianismo, que es la acción salvadora de Dios y que los conversos reconocen como un don divino y gratuito, como un milagro moral que cambia sus conductas. Las otras “conversiones”, las que nacen en un arranque de la voluntad, por muy aparentes que sean, tienen una eficacia limitada y temporal, como fue el caso de Teresa: la persona suele reincidir en sus propias debilidades. Teresa, la voluntariosa mujer, con sus buenos propósitos, sus lágrimas y la teatralidad con que decora el hecho, volvió a las andadas, a la dispersión de su afectividad, como ella confiesa cuando describe su conversión “definitiva”, como veremos.

            La verdadera conversión, la auténticamente “definitiva”, fue la que realizó en ella el Espíritu Santo en un ambiente cercano a la fiesta litúrgica de Pentecostés en torno a los años 1556-57 y ella lo narra, años después, como una liberación interior de afectos desordenados, aunque no inmorales.

            El contexto es conocido. Doña Teresa seguía en La Encarnación entreteniendo su tiempo libre en conversaciones con sus amigos y amigas en los locutorios del convento. Su confesor, el jesuita Juan de Prádanos, a quien acudió para discernir sus fenómenos místicos, le urgía para que rompiese las amarras de la afectividad que la distraían de su enamoramiento de Cristo. Hubo un debate entre director y dirigida, que Teresa traduce diciendo con una cierta angustia: “este padre me comenzó a poner en más perfección”, pero “con harta maña y blandura” (¡!).

            El problema que intuyó el director y confiesa Teresa es que tenía el alma tierna, necesitada de afecto, y por eso se entregaba a las amistades que no podía dejar porque no eran ofensa de Dios y “era ingratitud dejarlas”, quizá porque daban limosnas para la necesitada comunidad. Cansado de tanto debate inútil, dijo a su dirigida “que lo encomendase a Dios unos días y rezase el himno de Veni, Creator al Espíritu Santo”. Y fue en ese momento cuando sucedió el milagro de su conversión. “Estándole diciendo -escribe Teresa- vínome un arrebatamiento [un éxtasis] tan súbito que casi me sacó de mí”, seguramente por ser “la primera vez” que tenía esa experiencia. Y, además, vino acompañado de una locución que decía: “Ya no quiero que tengas conversación con hombres, sino con ángeles”. Entre el temor y el consuelo se le grabó la experiencia mística y los efectos permanecieron de por vida porque las palabras de Dios son eficaces, cumplen lo que significan. “Ello se ha cumplido bien -escribe- que nunca más yo he podido asentar en amistad ni tener consolación ni amor particular sino a personas que entiendo le tienen a Dios”.

            Y concluye su relato: “desde aquel día yo quedé tan animosa para dejarlo todo por Dios”, algo que no había podido hacer por propia voluntad: “porque ya yo misma lo había procurado, y era tanta la pena que me daba […] que lo dejaba. Ya aquí me dio el Señor la libertad y fuerza para ponerlo por obra”. Termina diciendo que lo había procurado “hartas veces” y con “gran fuerza, que me costaba harto de mi salud”.

            (Conviene leer el relato completo en el propio jugo de la prosa teresiana, una maravillosa introspección en los sentimientos de la afectividad: Vida, cap. 24, 5-8. Y completarlo con el comentario en alguna buena biografía. Cf. DANIEL DE PABLO, Mi Teresa. Mujer. Fundadora. Escritora y Santa, Madrid, EDE, 2019, cap. 10, pp. 201-216).

            Queda un apéndice: lo que se ha llamado el Pentecostés teresiano, experiencia tenida en una “víspera del Espíritu Santo” mientras oraba en el silencio y soledad de una ermita del convento de San José, en torno a los años 1563-1565. Leyendo en la Vita Christi del cartujano Ludulfo de Sajonia el comentario a la fiesta, reconociéndose, por don divino, en el último estadio de la perfección, del que hablaba el autor, sintió sobre su cabeza revolotear “una paloma, bien diferente de las de acá […]; las alas de unas conchitas que echaban de sí gran resplandor”. Los efectos de la visión y el arrobamiento que la acompañó fueron el sosiego del alma: “quitósele el miedo y comenzó la quietud con el gozo”; “fue grandísima la gloria”. Y, sobre todo, “desde aquel día entendí quedar con grandísimo aprovechamiento en más subido amor de Dios y las virtudes muy más fortalecidas”. Las experiencias místicas de las que habla y escribe la Santa, pertenecen a las interioridades del ser humano, pero tienen un referente corporal y anímico incuestionable.

Daniel de Pablo Maroto
Carmelita Descalzo – “La Santa”

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