Cuando se habla de San Juan de la Cruz como primer carmelita descalzo, no se trata solo de una precedencia cronológica. Juan no es el primero únicamente porque estuvo en Duruelo en 1568, sino porque encarnó antes que nadie el espíritu profundo del Carmelo reformado, viviéndolo desde dentro con radicalidad, libertad y verdad. Su epistolario permite contemplar esta identidad fundante con una cercanía única, lejos de los grandes tratados y muy cerca de la vida concreta.
En sus cartas aparece un Juan plenamente consciente de que el Carmelo descalzo no es ante todo una estructura ni una observancia externa, sino una manera de vivir para Dios sin reservas. El carmelita descalzo, tal como él lo entiende y lo vive, es alguien que ha acabado con todo para que Dios lo sea todo. Esta convicción atraviesa sus escritos: “el religioso de tal manera quiere Dios que sea religioso, que haya acabado con todo y que todo se haya acabado para él. Aquí se condensa una espiritualidad que no admite componendas.
San Juan escribe desde la experiencia del despojo. No teoriza sobre la pobreza o el desasimiento: los vive. En sus cartas se percibe una libertad interior que nace de no tener nada propio, ni siquiera la propia seguridad espiritual. El Carmelo descalzo, en su comprensión, solo puede sostenerse si permanece fiel a esta desnudez radical. Por eso insiste una y otra vez en no buscar arrimos, consuelos ni apoyos, ni siquiera en lo espiritual. El carmelita descalzo es aquel que “no quiere nada sino a Dios”, aunque eso suponga andar en oscuridad y pobreza interior.
Como primer descalzo, Juan muestra también que el Carmelo no se funda sobre entusiasmos pasajeros, sino sobre la cruz vivida con amor. En su epistolario aparece constantemente la invitación a padecer con paciencia, a callar, a obrar y a esperar. El famoso binomio “padecer y callar” no es una consigna ascética, sino el estilo concreto de una vida entregada. Para Juan, el silencio no es evasión, sino lugar donde Dios actúa; el padecimiento no es fracaso, sino espacio de purificación y verdad.
Desde sus cartas se percibe con claridad que el Carmelo descalzo nace como una escuela de interioridad. Juan no busca multiplicar palabras ni directrices. Advierte que “lo que falta no es escribir ni hablar, sino callar y obrar” Esta afirmación, repetida en distintas formas, revela su convicción de que la vida carmelitana se aprende viviendo, no acumulando discursos. El primer descalzo no es un ideólogo, sino un testigo.
Otro rasgo decisivo de su identidad fundante es la pureza de intención. En el epistolario, Juan insiste en que todo ha de hacerse “con recto y solitario fin, que es solo Dios”
El Carmelo descalzo pierde su alma cuando se busca a sí mismo, cuando se preocupa más por la propia imagen, por el éxito o por la seguridad, que por la fidelidad al Evangelio. Juan no teme decirlo con claridad, porque sabe que la única garantía del Carmelo es la verdad interior.
Como primer carmelita descalzo, San Juan vive también una profunda dimensión eclesial y fraterna. Sus cartas muestran una preocupación constante por las comunidades, por la fidelidad al espíritu inicial, por la formación de las hermanas y de los frailes. No ejerce un liderazgo autoritario, sino un acompañamiento exigente y profundamente evangélico. Corrige, anima, consuela y orienta siempre desde la experiencia compartida del camino.
En su epistolario aparece, además, un Juan vulnerable, probado, a veces enfermo, marginado o incomprendido. Y es precisamente ahí donde su condición de primer descalzo se hace más elocuente. No abandona el espíritu recibido, no se defiende con dureza, no reclama derechos. Permanece fiel al Carmelo incluso cuando el Carmelo parece olvidarlo. Esa fidelidad silenciosa es una de las piedras más sólidas sobre las que se edifica la Orden.
Leer hoy las cartas de San Juan de la Cruz es volver a las fuentes del Carmelo descalzo. No para imitarlas externamente, sino para dejarnos interpelar por su radicalidad interior. El primer carmelita descalzo no nos deja un modelo cerrado, sino un estilo: vivir ligeros, amar sin apoyos, callar para que Dios hable, padecer sin perder la esperanza.
Aventuremos la vida carmelitana con San Juan de la Cruz aprendiendo de su epistolario que el Carmelo no se conserva repitiendo gestos, sino renovando cada día la decisión de no querer nada para tenerlo todo en Dios.


