La Subida del Monte Carmelo es, quizá, una de las obras más exigentes y al mismo tiempo más liberadoras de San Juan de la Cruz. A primera vista puede parecer un texto áspero, incluso duro. Sin embargo, leído con calma y con el corazón abierto, se revela como una guía de libertad interior, una invitación a vivir lo esencial para que Dios pueda ser verdaderamente Dios en nuestra vida.
San Juan utiliza la imagen del monte para hablar del camino espiritual. Subir implica esfuerzo, decisión y constancia. No es un camino cómodo ni rápido, pero sí un camino seguro. El monte representa la unión con Dios, la plenitud a la que está llamado todo ser humano. La Subida no describe una experiencia extraordinaria, sino un proceso profundamente humano: el aprendizaje del desasimiento.
En esta obra, San Juan muestra con claridad que el principal obstáculo para el encuentro con Dios no está fuera, sino dentro. No son las cosas en sí mismas las que nos atan, sino el modo en que nos aferramos a ellas. Por eso insiste una y otra vez en la necesidad de vaciar el corazón de apegos, gustos desordenados y falsas seguridades. Su famoso “nada, nada, nada” no es negación de la vida, sino apertura radical a la Vida verdadera.
La Subida enseña que no se puede avanzar hacia Dios cargando con todo. El alma necesita ligereza. Esto no significa despreciar lo creado, sino aprender a usarlo sin absolutizarlo. San Juan no propone huir del mundo, sino no dejar que el mundo ocupe el lugar de Dios. Solo un corazón libre puede amar de verdad.
Un aspecto central de la Subida es la purificación de los sentidos y del espíritu. San Juan muestra cómo, al comienzo del camino, el alma suele buscar a Dios a través de consuelos, sentimientos y experiencias agradables. Pero llega un momento en que Dios mismo retira esos apoyos para llevar al alma a una relación más madura. Aquí comienza la pedagogía divina: aprender a amar sin apoyarse en lo que se siente, a creer sin ver, a esperar sin poseer.
La Subida prepara el terreno para la Noche oscura. No son obras separadas, sino partes de un mismo itinerario. En la Subida, el alma aprende a desprenderse activamente; en la Noche, aprende a dejarse purificar pasivamente por Dios. Ambas conducen al mismo fin: la unión transformante.
Leída hoy, la Subida del Monte Carmelo resulta sorprendentemente actual. Vivimos rodeados de estímulos, de prisas, de acumulación. Nos cuesta renunciar, soltar, simplificar. San Juan nos propone lo contrario: un camino de simplificación radical, donde lo importante no es tener más, sino amar mejor.
Esta obra no invita al perfeccionismo ni al esfuerzo voluntarista. Todo lo contrario: enseña a confiar en la acción de Dios y a colaborar humildemente con ella. El desasimiento no se logra a base de violencia interior, sino de verdad, paciencia y amor. Se trata de aprender a poner cada cosa en su sitio.
La Subida no promete experiencias extraordinarias, pero sí una gran libertad. Quien se atreve a caminar por este sendero descubre que, cuando se suelta lo que no es esencial, el corazón se ensancha. Y en ese espacio nuevo, Dios puede habitar.
Aventuremos la vida con San Juan de la Cruz dejándonos acompañar por esta obra exigente y luminosa. Subir el monte no es huir de la realidad, sino aprender a vivirla desde dentro, con un corazón despojado, unificado y abierto al Amor. Porque, al final del camino, no espera el vacío, sino la plenitud de Dios, que lo es todo cuando ya no nos aferramos a nada.


