“Quisiera que llegarais donde nosotros no podemos llegar, a los bulevares, a alta mar, a todas partes”. Esta frase resume con fuerza la intuición espiritual y apostólica de Beato María Eugenio del Niño Jesús: una vida profundamente contemplativa que no se encierra en sí misma, sino que se desborda hacia el mundo para testimoniar la existencia viva de Dios.
Henri Grialou nació en 1894, en una Francia marcada por el conflicto entre la Iglesia y el laicismo. Desde muy joven conoció la experiencia del desarraigo y de la búsqueda. Su formación sacerdotal se vio interrumpida por la Primera Guerra Mundial, en la que sirvió como oficial en las trincheras. Aquella experiencia, dura y desoladora, fue para él una escuela de realismo espiritual. La guerra le reveló el fracaso de los ideales puramente humanos y le dejó una convicción honda: solo Dios puede sostener verdaderamente la vida del hombre.
En ese contexto maduró su vocación al Carmelo. La lectura de Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz y, de manera muy especial, de Santa Teresa del Niño Jesús, despertó en él el deseo de una vida totalmente entregada a Dios. Tras un largo discernimiento, marcado por resistencias familiares y eclesiales, ingresó en el Carmelo en 1922, tomando el nombre de María Eugenio del Niño Jesús. Desde el inicio comprendió que la oración y la misión no eran dos realidades opuestas, sino dos expresiones de una misma vida interior profunda.
Como carmelita, María Eugenio se sintió llamado a hacer accesible la doctrina espiritual del Carmelo a todos. Estaba convencido de que la intimidad con Dios no era un privilegio de unos pocos, sino una vocación universal. Esta convicción guiará toda su vida: su predicación, su labor editorial, su acompañamiento espiritual y su obra escrita nacen del deseo de ayudar a otros a avanzar por los caminos de la oración y de la contemplación.
Fue un gran difusor de la doctrina de San Juan de la Cruz, a quien presentó no como un autor oscuro o inaccesible, sino como el doctor del amor y del Espíritu Santo, capaz de despertar en los creyentes el hambre de Dios. Invitaba a leerlo sin miedo, convencido de que sus escritos no desorientan, sino que purifican el deseo y ensanchan el corazón. De igual modo, se convirtió en uno de los grandes intérpretes de Santa Teresa de Lisieux, a la que consideraba una realización moderna y plenamente carmelitana del espíritu de Teresa de Jesús y de Juan de la Cruz.
Su gran obra, Quiero ver a Dios, nace de esta misma intuición. No es un tratado para especialistas, sino una guía para cristianos que desean vivir una fe profunda en medio del mundo. En ella, María Eugenio muestra que la vida interior, la oración y la acción no se excluyen, sino que se reclaman mutuamente. Ver a Dios no significa huir de la realidad, sino aprender a vivirla desde dentro, con un corazón unificado.
Este impulso lo llevó a fundar en 1932 el Instituto Secular Notre-Dame de Vie, como una forma nueva y profética de vivir la espiritualidad carmelitana en medio del mundo. Su deseo era claro: que hombres y mujeres laicos, consagrados en lo secular, fueran presencia de Dios allí donde los religiosos no podían llegar. La contemplación debía abrirse camino en la vida ordinaria, en el trabajo, en la cultura, en las periferias humanas.
María Eugenio fue también un hombre de gobierno y de misión. Sus viajes por Europa, Oriente Medio, Asia, África y América le hicieron tomar conciencia de la universalidad del Carmelo y de la necesidad de encarnarlo en las distintas culturas. Supo ver la importancia de las vocaciones locales, de la adaptación y del cuidado de las personas enviadas a la misión. Todo ello brotaba de una misma raíz: la fidelidad al espíritu, no a las formas rígidas.
Su vida estuvo marcada por la obediencia, incluso cuando esta le llevó por caminos que no había elegido. Predicador, formador, editor, escritor, superior… aceptó cada misión como lugar de encuentro con Dios. Nunca perdió el deseo de una vida más retirada y contemplativa, pero comprendió que su vocación era servir al Carmelo ayudándolo a desplegar su riqueza espiritual en la Iglesia y en el mundo.
El Beato María Eugenio del Niño Jesús nos deja hoy una enseñanza de enorme actualidad. En un tiempo de dispersión y superficialidad, nos recuerda que la contemplación no aparta de la vida, sino que la ilumina; que la oración no encierra, sino que envía; y que la santidad es posible en todas las vocaciones, también en medio del mundo.
Aventuremos la vida con él, aprendiendo a unir oración y acción, silencio y presencia, fidelidad al Carmelo y audacia misionera. Porque, como él mismo intuyó, solo quien vive profundamente de Dios puede ayudar a otros a ver a Dios.


