Las poesías de San Juan de la Cruz no nacen del gusto por la palabra bella ni de un ejercicio literario en sentido estricto. Brotan de una experiencia espiritual tan intensa que desborda el lenguaje conceptual y exige otro modo de decir. Allí donde el razonamiento se queda corto, el santo recurre al símbolo, al ritmo, a la imagen, a la música interior del verso. Su poesía es, ante todo, lenguaje del amor.
San Juan escribe porque ha vivido. Y escribe porque lo vivido no puede guardarse en silencio absoluto. Sus grandes poemas —el Cántico espiritual, la Noche oscura y la Llama de amor viva— no son piezas aisladas, sino expresiones distintas de un mismo camino interior: el itinerario del alma hacia la unión con Dios. En ellos, el lector no encuentra definiciones, sino movimiento; no encuentra respuestas cerradas, sino invitaciones a caminar.
En el Cántico espiritual, el alma aparece como esposa herida de amor que busca al Amado. Todo el poema es dinamismo, deseo, salida de sí. El lenguaje es nupcial, tomado del Cantar de los Cantares, pero transfigurado por la experiencia mística. El amor no es posesión, sino búsqueda; no es quietud, sino camino. El alma corre, pregunta, atraviesa montes y riberas, porque ha sido tocada por una presencia que no puede retener. La poesía se convierte aquí en pedagogía del deseo, enseñando que la fe auténtica no se conforma con sustitutos.
La Noche oscura nos sitúa en otro registro. Aquí el poema canta una experiencia paradójica: la oscuridad como camino seguro. Lejos de ser ausencia de Dios, la noche es su modo de actuar cuando purifica el amor. El alma sale “sin ser notada”, guiada por una luz que no es exterior, sino interior. La poesía sanjuanista se atreve a decir algo radical: hay una luz que solo se reconoce cuando todo parece oscuro. El lenguaje poético permite sostener esta tensión sin resolverla, sin empobrecer el misterio.
En la Llama de amor viva, el tono se vuelve más sereno, más íntimo, más pleno. Ya no hay búsqueda angustiada ni huida nocturna, sino permanencia. El amor ha llegado a su madurez. La llama hiere, pero suavemente; consume, pero sin dolor. San Juan recurre aquí a imágenes de fuego, herida y caricia para expresar la transformación interior del alma en Dios. La poesía no explica la unión: la deja resonar.
Junto a estos grandes poemas, las poesías breves, coplas y romances muestran otra faceta del santo: la capacidad de decir lo esencial con extrema sencillez. Textos como Entréme donde no supe, Vivo sin vivir en mí o Un pastorcico solo está penado condensan en pocos versos intuiciones de enorme profundidad. Especialmente significativos son los romances navideños, donde San Juan contempla el misterio de la Encarnación como el gran abajamiento amoroso de Dios, que se hace Niño para encontrarse con la humanidad.
La poesía de San Juan no pretende ser comprendida del todo. Está escrita para ser gustada, rumiada, orada. Sus versos no se agotan en una lectura rápida: piden silencio, repetición, disponibilidad interior. No buscan informar, sino transformar. Por eso siguen vivos. Por eso siguen hablando a creyentes de todos los tiempos, incluso a quienes no comparten explícitamente su fe.
En un mundo saturado de palabras, San Juan de la Cruz nos recuerda que hay palabras que nacen del silencio y conducen a él. Sus poesías no nos invitan a admirar un talento literario, sino a aventurarnos por el camino del amor, allí donde el alma aprende a decir a Dios… cuando ya casi no hacen falta palabras.
Juan M. Borrego


