Los estudiosos de San Juan de la Cruz no dudan de la importancia que tuvo Jesucristo en la vida de San Juan de la Cruz. Cristo no es una abstracción en San Juan de la Cruz. Es el Cristo de la confesiones de fe, el de los evangelio, el de Pablo, el de Juan, el del nuevo Testamento, La palabra encarnada de Dios, el ¡hijo de Dios como le confesó pedro, el hombre bueno como le vieron los primeros seguidores, el salvador, el redentor.
Vamos a partir de una anécdota sobre San Juan de la Cruz que nos transmite el confesor de su hermano Francisco. Quiero contaros una cosa que me sucedió con nuestro Señor. Había un cuadro de Cristo en el convento de Segovia, y fray Juan pensó que mejor estaría en la iglesia, donde no sólo le reverenciarían los frailes, sino todo el pueblo. Después de haberlo colocado en la iglesia, estando un día en oración delante de él, sitio una voz interior que le dice: Fray Juan, pídeme lo que quisieres, que yo te lo concederé. Fray Juan le dijo: Señor, lo que quiero que me deis es trabajos que padecer por vos y que sea yo menospreciado y tenido en poco.
Ante este cuadro de Cristo intuyó Juan de la Cruz cómo iba a ser el final de sus días, y ante él expresó su deseo de terminarlos como un bienaventurado, pues su respuesta es una traducción literal de la última de las bienaventuranzas: Dichosos vosotros cuando os insulten y os persigan por mi causa, estad alegres y contentos porque vuestra recompensa será grande en el cielo. Esta anécdota nos revela el contenido más genuino de su experiencia mística: la unión espiritual con Cristo, que es el mayor y más alto estado a que en esta vida se puede llegar.
Los Carmelitas todos los días rezamos a San Juan de la Cruz donde pedimos ser imitadores de él, como él lo es de Cristo, y pedimos a Dios:
Señor Dios nuestro, que hiciste de San Juan de la Cruz, nuestro padre, un modelo de abnegación evangélica y un perfecto amador de Cristo Crucificado...
En el Carmelo estamos convencidos que Juan de la Cruz es un imitador, y un perfecto amador de Cristo.
Para san Juan de la Cruz el camino de la mística, hacia la unión con Dios, se inicia a causa de un amor apasionado por Cristo: ¿Adónde te escondiste Amado y me dejaste con gemido?
La lucha contra los sentidos está condenada al fracaso, si no está completamente trasfigurada por una especie de triunfo, de un amor sobre otro amor, el amor a Jesucristo. Triste victoria la de un alma que renuncia, pero sin estar animada por ningún nuevo amor.
El hombre sale en busca de lo transcendente, debido a un ardor interior que no le deja descansar, esa llamada interior es la llamada del Señor. Juan, porque sabe que Jesucristo es el camino, la verdad y la vida, ha constituido al Jesucristo en principio de ascenso y meta del camino, ya que este amor primero se dirige a la búsqueda de su persona, Juan sabe que donde esta Cristo estaremos con él.
Este camino implica, por una parte el conocimiento de su vida, y por otra su imitación:
Lo primero: traiga un ordinario apetito de imitar a Cristo en todas sus cosas, confor-mándose con su vida, la cual debe considerar para saberla imitar y haberse en todas las cosas como se hubiera él.
El conocimiento de la vida de Cristo, lleva al amor a su persona, no se ama aquello que no se conoce, y tiene por objeto su imitación
Nunca tomes por ejemplo al hombre… porque te pondrá el demonio delante sus imperfe-cciones, sino imita a Cristo, que es sumamente perfecto y sumamente santo, y nunca erraras (D 161).
En el corazón del seguidor de Jesucristo. Todo cristianos somos un seguidor, un discípulo, no puede anidar el más mínimo afecto ajeno a su Señor:
Renuncielo y quedese vacio de el por amor de Jesucristo (1S 13,4)
Para San Juan de la Cruz, que ha concentrado en la cruz, pero también en la Encarnación, los misterios de la vida de Jesucristo, todo se recapitula en Cristo, pero este Cristo no es un ser abstracto, un misterio sin más, es historia, se ha encarnado, se ha hecho palabra, comunicación.
Para San Juan de la Cruz Jesucristo es el Dios encarnado, hecho humanidad, historia, es el gran Dios, al que contemplamos humillado y crucifi-cado”, es el que ha devenido esposo del alma. Para San Juan de la Cruz, Dios, a través de la encarnación de Jesucristo, por la que asume nuestra condición mortal, nos comunica su vida, nos deifica, y así participando del misterio de Cristo -de la cruz y resurrección-, participaremos de su misma vida.
Juan de la Cruz nos enseña que la fe cristiana, la aceptación de Dios, como Dios es y como Dios quiere revelarse, se funda en una persona real y concreta, histórica, como nosotros, en Jesucristo, no en una persona idealizada que escapa a la realidad, se funda en el destino de esa persona, un destino de libertad y de disponibilidad en todo momento para Dios, y no solamente en su ejemplo.
La cual sustancia de los secretos es el mismo Dios, porque Dios es la sustancia de la fe y el concepto de ella, y la fe es el secreto y el misterio. (C.1, 10)
La fe se funda en el mensaje, que no es la palabra sin más, sino aquel que me habla y me anuncia este mensaje. La fe se funda en el Dios que me habla a través de Jesús, palabra última y definitiva de Dios.
La Biblia entera se orienta a Cristo, el Antiguo Testamento se encamina a Cristo. En Cristo encuentra la Biblia su unidad. La historia vista a la luz de Israel, como nos la presenta la Biblia, es la historia de salvación, que Dios dirige hacia su expresión completa en Jesucristo. En el Dios nos lo ha dicho todo (2S 22,3):
En darnos, como nos dio, a su Hijo, que es una Palabra suya, que no tiene otra, todo nos lo habló junto y de una vez en esta sola Palabra, y no tiene más que hablar.
La vida ejemplar cristiana de San Juan de la Cruz y la profundidad de su pasión por Cristo vivo son ejemplo para todos los cristianos.
Para San Juan de la Cruz, Jesucristo es el foco iluminador del pensar y del obrar cristiano. Es la única luz de este camino, pues todo ha de quedar reducido a él como palabra única y definitiva del Padre.
En el seguir a Cristo y gozar de experiencia profunda, verdadera y personal del Señor, San Juan de la Cruz es un guía como ningún otro. Jesucristo es el único modelo y figura de identificación, porque es la palabra que Dios dirige a sus hijos (D 104).
Nos invita a sumergirnos en su interior a vivir en continuo enamoramiento hacia su persona.
San Juan de la Cruz nos enseña que la verdadera vida es la imperecedera, la vida de la plenitud, la de Dios, la cual ha aparecido en Cristo, de modo que quien se entrega a él puede ver y aprehender la vida, que se identifica con Dios.
La fe en Cristo, la imitación de su persona nos capacita, desde la entrega a Dios y un servicio a los hermano, hacer avanzar la salvación dentro de la historia.
Cuando el biógrafo de su hermano Francisco, el P. Velasco, habla del cambio de nombre de Juan de Yepes, lo explica de la siguiente manera:
llamóse al principio fray Juan de Santo Matías y después tomó por sobrenombre de la Cruz. Echose sobre si una cruz de muchos trabajos y tribulaciones que le duraron toda la vida.
A Juan de la Cruz no le bastaron la pobreza y las privaciones de su infancia y adolescencia, siempre quiso ir por el camino del desprendimiento. Le toco sufrir padecimientos, malquerencias y humilla-ciones de algunos hermanos de la propia orden, y así hizo realidad en su vida lo que el mismo, estando en Segovia, pidió al Señor cuando este le dijo: Fray Juan ¿qué puedo hacer por ti?, padecer y ser despreciado por vos.
En su propia vida, sin buscarlo, supo conformarse con Cristo que “padeció por nosotros dejándonos un ejemplo para que sigamos sus huellas”. Juan de la Cruz es un ejemplo vivo para nosotros, nos enseña que la vida no es fácil y que en la hartura y en la necesidad siempre hemos de saber buscar la fuente de la felicidad que no es otra que Dios, al que se experimenta y saborea cuando nos vaciamos y desprendemos de todo lo que no es él.
P. Luis Javier Fernández Frontela


