Frailes Carmelitas Descalzos Carmelitas Descalzas Carmelo Seglar
Familia del Carmelo Teresiano en la Provincia
Hermanos, hermanas:
¡Os saludo con la Paz que nace del Corazón de Jesús!
Desde las tierras hermanas de América, en la visita pastoral al Vicariato Regional en Uruguay, Bolivia y Paraguay, me parece oportuno ofreceros unas palabras que ayuden a disponernos para la celebración de N.
P. San Juan de la Cruz a la vez que vivamos con gozo la preparación al Misterio de la Natividad del Señor. Es motivo de esperanza para nosotros la profesión solemne recién celebrada en el Vicariato de los hermanos Carlos de Palacio y Juan G. Ascurra y la del Hno. Ignacio Clemente que celebraremos el próximo día 8 en Zaragoza ¡Felicitaciones a los tres!
¡Ven Señor, Jesús! repetiremos durante todo el Adviento, cuando el profeta Isaías anuncia cómo será el Mesías que vendrá; Juan el Bautista señalará quién es el Mesías, que ya ha venido; el mismo Juan será propuesto como modelo de austeridad y de espera; María y José acogerán al Mesías haciendo posible su nacimiento entre nosotros.
En la Regla se nos recuerda vivir “en obsequio de Jesucristo y servirle con corazón puro y buena conciencia, esperando de solo él la salvación”. Viene bien leer este texto al comienzo del Adviento, que nos recuerda que una vez vino el Señor para todos, pero que vuelve siempre, como por primera vez, para cada uno. Cada uno de nosotros debemos vivir la expectación del Señor, para recibir de él la salvación. La esperanza es siempre de lo que no se posee, porque, si se poseyese, ya no sería esperanza. A Dios no se le posee, se le busca, se le desea, por eso la esperanza hace vacío, nos ayuda a despojarnos de todo lo que no es Dios.
El cristianismo no sólo recuerda el hecho histórico de Jesucristo, sino que proclama y celebra a Cristo resucitado como esperanza del mundo. El texto de la Regla nos recuerda la orientación de la existencia humana hacia el último futuro, a la vida en Dios y con Dios, sin que por eso se desvalorice la historia, el compromiso con el presente histórico.
El Adviento nos recuerda que la salvación descansa en una venida, y que al que viene no le han podido inventar ni producir los hombres; ha venido a nosotros desde el misterio de la libertad de Dios.
Iré a buscar a mi esposa, /y sobre mí tomaría / sus fatigas y trabajos / en que tanto padecía; / y porque ella vida tenga, / yo por ella moriría, / y sacándola de el lago / a ti te la volvería
Todos los años, el Adviento nos exhorta a considerar el prodigio de esta venida. Pero nos recuerda también que su sentido sólo puede adquirir su plenitud si el Salvador no viene sólo para la humanidad en su conjunto, sino también para cada hombre en particular. En nuestras alegrías y miserias, en nuestras convicciones, perplejidades y tentaciones, en todo lo que constituye nuestro ser y nuestra vida, Jesucristo es mi Salvador. El que me conoce hasta lo más peculiar, el que toma mi destino en su amor, el que me ilumina, el que me toca el corazón y me orienta la voluntad hacia el bien.
En los amores perfectos / esta ley se requería: / que se haga semejante/ el amante a quien quería; / que la mayor semejanza / más deleite contenía; / el cual, sin duda, en tu esposa /grandemente crecería / si te viere semejante/ en la carne que tenía.
El auténtico Adviento procede de la hondura del amor de Dios:
Irélo a decir al mundo, / y noticia le daría / de tu belleza y dulzura / y de tu soberanía”.
No olvidemos que en este tiempo celebramos la fiesta de nuestro Padre San Juan de la Cruz, y el Adviento estuvo muy presente en su vida. Un 28 de noviembre de 1568, con otros compañeros, inició en Duruelo la vida del Carmelo Descalzo, una experiencia de pobreza y simplicidad. Y aunque nunca le gustaba hablar de estas cosas, aquel Adviento fue un tiempo de esperanza y de oración, tenía como meta volver a la raíz del Carmelo, imitando la sencillez con que Cristo vivió en nuestra tierra.
Años después, en la noche del 2 al 3 de diciembre de 1577, fue secuestrado y llevado prisionero al Convento del Carmen de Toledo, donde comenzó para él la experiencia más radical de su vida, hasta que logró escaparse en la noche del 17 de agosto de 1578. En este Adviento de 1577, vivido en soledad, San Juan de la Cruz se abre a la esperanza que no defrauda, la que se deposita en el Dios que se ha humanado para vivir con nosotros y que siempre está llegando a nuestros corazones.
Estando en la cárcel de Toledo, en las Navidades de 1577, Juan de la Cruz compuso su gran romance de 310 versos sobre la historia de la salvación. En la última parte canta el nacimiento del Niño Dios, da la impresión que con delicadeza y ternura va montando su Belén con sus versos, cantando como al Niño recién nacido:
La graciosa Madre en un pesebre ponía / entre unos animales / que a la sazón allí había.
Y deja constancia que:
Los hombres decían cantares/ y los ángeles melodías,/ pero Dios en el pesebre/ allí lloraba y gemía. / Y la Madre estaba en pasmo/ de que tal trueque veía; / el llanto del hombre en Dios/ y en el hombre la alegría, / lo cual del uno y de el otro / tan ajeno ser solía.
En Navidad recodaremos el comienzo de una historia, la del Dios con nosotros, el Dios hecho hombre en el Niño de Belén, y es que la humanidad de Cristo, que “es nuestra felicidad”, no sólo se refiere al momento de la pasión y muerte de Cristo, sino a la totalidad del misterio de la Encarnación, que nos recuerda que Dios se ha hecho hombre, y que es toda la vida de Jesús, desde su nacimiento hasta su muerte en la cruz, la que es fuente de salvación y felicidad para nosotros.
El espíritu de la Navidad es carnal, no se expresa en proclamas espiritualistas, que sacan a Dios de la vida, sino que se encarna en un niño, frágil, que llora en mitad de la noche, refugiado en un pesebre. Ese niño, la Palabra hecha carne y pronunciada en silencio, es nuestro salvador, a él hemos de mirar, a él hemos de escuchar, pues en él Dios nos lo ha dado todo y nos ha dicho todo.
La Navidad nos habla de un Dios loco de amor por sus criaturas, por todos y cada uno de nosotros, que estamos sentados a la mesa de los pecadores y que tenemos las manos vacías de méritos. Tan loco que, por recuperar nuestra amistad, se hace como uno de nosotros. Contemplando al Niño de Belén llegamos a comprender que, en él, como afirma el apóstol Pablo, ha aparecido la gracia, la bondad, el amor de Dios al hombre, no por las obras de justicia que hayamos hechos, sino por su propia misericordia, que vence el miedo y el temor.
La fiesta de la Navidad tiene un peligro, y no es el más grave el del consumismo que la rodea, sino la excesiva espiritualización que nos lleve a olvidar que Dios se hizo carne palpable en un niño necesitado del cariño de unos padres -María y José-, de la ayuda de la gente sencilla que llegó hasta
la cueva donde había nacido, que experimentó el llanto, pues Dios en el pesebre allí lloraba y gemía.
¡Feliz tiempo de Adviento, vivamos en esta clave la fiesta de N. P. San Juan de la Cruz, tengamos especial mirada para nuestras presencias en Segovia y Úbeda, y feliz y santa Navidad para todos!
Fr. Francisco Sánchez Oreja ocd
30 de noviembre de 2023 Fiesta de San Andrés, apóstol


