Hoy es el primero de todos los Domingos, Día de la Resurrección y Día del Señor por excelencia. Lo que celebramos hoy es lo que celebramos cada semana, el cumplimiento de la Pascua de Cristo el Señor. Hoy revivimos que realmente resucitó de entre los muertos en aquel momento concreto de la historia, «al tercer día», Jesús, muerto en la cruz y enterrado, se «despertó» de la muerte, tal y como Él mismo había anunciado: » yo entrego mi vida para poder recuperarla» (Jn 10,18). Esa era la Misión que le encomendó el Padre: entregar su vida libremente y libremente también recuperarla. Así se completa todo el plan divino de restauración y renovación de la vida creada, comenzando por el hombre, donde surgió el problema del pecado que llevó que fue corrompiendo a la naturaleza hasta este momento en que Cristo, resucitando, hace nuevas todas las cosas. Y como decíamos, todo esto se sujetó a un proceso histórico, como nos recordaba la primera lectura: «lo que sucedió en toda Judea, comenzando por Galilea», la historia de Jesús que pasó efectivamente por este mundo como un hombre concreto anunciando la Verdad y haciendo el bien, curando a todos los oprimidos por el mal y el pecado. Ahí murió, efectivamente, en una cruz, como un criminal, junto con otros criminales, y de la tumba en que, efectivamente, le colocaron, se levantó y se mostró vivo, aunque no ya ante todos, como antes, sino ante los testigos elegidos para convertirse en mensajeros de esta Buena Nueva. Ellos son quienes nos lo han contado y transmitido, le vieron de nuevo vivo, y esta vez vivo para siempre, comieron y bebieron con Él tras su resurrección. Esta es la Tradición viva que recibimos y que celebramos hoy, el Evangelio: que todo esto sucedió realmente para salvarnos y redimirnos en nuestra carne y nuestra historia, que no es algo que haya esperar para el otro mundo, cuando cerramos el ojo, sino que nos encontramos ya aquí, cuando escuchamos esta Buena Noticia, la creemos, la celebramos y la ponemos en práctica viviendo de acuerdo a los mandamientos de este mismo Jesús que murió y resucitó por nosotros. Todo está relacionado y lo hemos celebrado y revivido estos días, desde que nos sentamos a la Mesa de la Última Cena el jueves y escuchamos a Jesús transformar nuestro pan y vino en su Cuerpo y su Sangre, adelantando y significando así todo lo que iba a suceder en los dos días siguientes, convirtiéndolo en nuestra celebración, en nuestro modo de acceder al corazón de esta salvación y redención: ofreciendo la Eucaristía con Jesús, cada domingo, cada día si queremos, participamos no solo de un acto de culto, en el más profundo y amplio sentido del término (comunión viva con Dios, le agradecemos su salvación ofreciendo lo que Él mismo nos ha dado al redimirnos), sino que entramos cada uno y todos en este mundo nuevo, nuevo cielo y nueva tierra que han descendido, que descienden entre nosotros (cfr. Ap 21,1-3) cuando nos reunimos como hijos de Dios que hemo sido hechos para hacer lo mismo que Él hizo y sigue haciendo. Hoy es, también, como nos recordaba el Evangelio, es el día para revitalizar nuestra fe en su misma raíz, con María Magdalena y la otra María, vigilando afuera del sepulcro (Mt 27,61). Fue María, precisamente, la que se da cuenta, en cuanto hay algo de luz, que la losa ha sido quitada. No toma ninguna iniciativa por sí misma, sino que acude a buscar a los otros discípulos para investigar juntos esta novedad. Ella, con Pedro y el discípulo amado de Jesús, representan a toda la iglesia, a todos nosotros. Una iglesia que aún no sabe que su esperanza se ha cumplido, que ya eran un pueblo reunido por Jesús pero que ahora son el nuevo Pueblo de Dios, y están a punto de conocer la Buena Noticia que esperaron los siglos: el comienzo de la nueva Creación, pues cuando llegan a la tumba, comprueban y creen, cada uno a su modo y manera, que el Hombre que fue su amigo y maestro, pero que era también Dios, ha resucitado, que su carne humana, su naturaleza en comunión con la nuestra, ha vencido la muerte, anunciando así que aunque todos nosotros tengamos que morir y, en nuestro caso, pasar por el sepulcro muchos más que tres días, también resucitaremos por completo el último día. Que, al morir, comprobaremos que no morimos y si hemos fallecido en la comunión viva con Jesús, estaremos con Él, unidos a su Cuerpo resucitado hasta poder recuperar el nuestro.


