Se puede describir a Francisco Palau de muchos modos. Su fuerte personalidad y una agitada biografía permiten vislumbrar numerosos acentos en el mundo interior de este recio carmelita. Exilio en Francia, cárceles, destierro en Ibiza, campañas difamatorias en prensa e, incluso, conflictos con una parte de la Iglesia jerárquica por su estilo de vida, opiniones y toma de postura pública, tanto de palabra como de obra, en momentos de fuerte anticlericalismo. Sin duda, fue alguien que dejó una fuerte huella por donde pasó.
Para acercarnos a su intimidad, él mismo nos da la clave: la pasión por Dios, pasión de amor: “Dios escribió con su propio dedo en las tablas de mi corazón esta ley: Amarás con todas tus fuerzas (Dt 6,5; Mt 22,37). Y esta voz eficaz creó en él una pasión inmensa, la que se hizo sentir desde mi infancia y se desarrolló en mi juventud” (Escritos, 719).
Esta íntima pasión, hecha de amor y de búsqueda, integra las aparentes contradicciones que traspasan su vida: solitario de fuerte impulso contemplativo y, al mismo tiempo, entregado con ardor a las necesidades de sus hermanos, de la Iglesia. Esta tensión encontrará luz y armonía desde la gracia mística que el descubre el “rostro de la Amada”: la Iglesia, cuerpo de Cristo, misterio de
comunión en Él. A partir de este momento (Ciudadela 1860), toda su vida contemplativa y misionera, misionera y contemplativa. Porque “amor a Dios, amor a los prójimos, éste es el objeto de mi misión” (Escritos, 887). Una misión y un carisma que, hasta el día de hoy, prolongan dos congregaciones religiosas (Carmelitas Misioneras y Carmelitas Misioneras Teresianas) y su familia laical.
Hna. María José Mariño, Carmelita Misionera


