Evangelio dominical

EVANGELIO DOMINICAL

"Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más"
01-04-2022
"Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más"

El último domingo de la cuaresma de este año nos ofrece unos textos rotundos de la Palabra de Dios para ayudarnos a caer en la cuenta y profundizar la novedad de la fe que profesamos y estamos así empeñados en vivir. “Realizo algo nuevo”, decía la primera lectura, que ya está brotando. Un nuevo camino se abre en desierto, aparecerán ríos para que el pueblo amado por el Señor pueda apagar su sed, es decir, para que puedan vivir la vida, apoyados e impulsados por la fe. Como ya hemos ido viendo los domingos anteriores, esta novedad, esta agua, es vida que se abre paso en el desierto de nuestra vida real y concreta. Hoy este relato evangélico nos revela con toda crudeza cómo se entiende y vive esta misericordia, cómo Jesús la aplica en medio de las circunstancias más complicadas. Se trata de una confrontación real entre la teoría y la práctica, la Palabra de Jesús y la vida, de modo mucho más sangrante que una curación de un enfermo, donde el taumaturgo “solo” se enfrenta a una enfermedad muda. Aquí se enfrenta a la tradición, la mentalidad, la misma Ley, tal y como está escrita y tal como se está cumpliendo. Jesús lo enfrenta como lo que es: un juicio público por un pecado que era privado pero que ha llegado a la luz. Se trata, pues, de una mujer que enfrenta todo el rigor de la Ley y la religión por lo que ha hecho y nadie niega. Por supuesto, es la parte más débil, a la única a la que se le puede, en la práctica, imputar el pecado. En el fondo, Jesús también sabe que el juicio es, en realidad, contra él, pues ante él la traen y a él le preguntan: “Tú, ¿qué dices?”. Se lo preguntaban, de hecho, “para comprometerlo y poder acusarlo”.

Pero Jesús, como en otras muchas ocasiones, les da una prueba de su inteligencia y habilidad para mostrar la verdad del modo más claro, escapando a la “trampa” y dejándoles, literalmente, en ridículo. Sin desautorizar la Ley, si desautoriza su utilización contra las personas porque la Ley está para fomentar la convivencia y manifestar la protección de Dios. Por eso cuando unos cuantos señalamos el pecado ajeno y nos mostramos contentos de erradicarlo, Jesús nos recuerda que no estamos haciendo más que mostrar que también somos pecadores, estamos sacando a la palestra nuestros propios pecados ocultos. El pecado oculto, cuando se manifiesta, no manifiesta el mal de los otros, sino el nuestro propio. Así pues, nadie condena a esta mujer aunque Jesús no le muestra ninguna condescendencia y le habla como a cualquiera otra persona: “Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante, no peques más”. El perdón es no condena, nunca negación del pecado. La misericordia de Dios en Cristo no quita importancia al mal que hacemos o sufrimos, sino todo lo contrario. Lo asume, tiene que entregarse a sí mismo a la muerte y resucitar para poder justificar estas palabras y que suenen con autoridad hoy día: ‘no te condeno, pero, en adelante, no peques más’.

» Primera Lectura

Lectura del Profeta Isaías 43, 16–21

Así dice el Señor, que abrió camino en el mar
y senda en las aguas impetuosas;
que sacó a batalla carros y caballos,
tropa con sus valientes:
caían para no levantarse,
se apagaron como mecha que se extingue.
No recordéis lo de antaño,
no penséis en lo antiguo;
mirad que realizo algo nuevo;
ya está brotando, ¿no lo notáis?
Abriré un camino por el desierto
ríos en el yermo;
me glorificarán las bestias del campo,
chacales y avestruces,
porque ofreceré agua en el desierto,
ríos en el yermo,
para apagar la sed de mi pueblo, de mi escogido,
el pueblo que yo formé,
para que proclamara mi alabanza.

» Segunda Lectura

Lectura de la carta del Apóstol San Pablo a los Filipenses 3, 8–14

Hermanos:
Todo lo estimo pérdida,
comparado con la excelencia del conocimiento
de Cristo Jesús, mi Señor.
Por él lo perdí todo, y todo lo estimo basura
con tal de ganar a Cristo y existir en él,
no con una justicia mía –la de la ley–,
sino con la que viene de la fe de Cristo,
la justica que viene de Dios y se apoya en la fe.
Para conocerlo a él, y la fuerza de su resurrección,
y la comunión con sus padecimientos, muriendo su misma muerte,
para llegar un día a la resurrección de entre los muertos.
No es que ya haya conseguido el premio,
o que ya esté en la meta:
yo sigo corriendo.
Y aunque poseo el premio,
porque Cristo Jesús me lo ha entregado,
hermanos, yo a mí mismo me considero como si aún no hubiera
conseguido el premio.
Sólo busco una cosa:
olvidándome de lo que queda atrás
y lanzándome hacia lo que está por delante,
corro hacia la meta, para ganar el premio,
al que Dios desde arriba llama en Cristo Jesús.

» Evangelio

+ Lectura del santo Evangelio según San Juan 8, 1-11

En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba.
Los letrados y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio, le dijeron:
–Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras: tú, ¿qué dices ?.
Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo.
Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo.
Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo:
–El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra.
E inclinándose otra vez, siguió escribiendo.
Ellos, al oirlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos, hasta el último.
Y quedó solo Jesús, y la mujer en medio, de pie.
Jesús se incorporó y le preguntó:
–Mujer, ¿dónde están tus acusadores?, ¿ninguno te ha condenado?
Ella contestó:
–Ninguno, Señor.
Jesús dijo:
–Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más.

LECTURAS DEL DOMINGO


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