Evangelio dominical

EVANGELIO DOMINICAL

"Si no os convertís, todos pereceréis lo mismo"
18-03-2022
"Si no os convertís, todos pereceréis lo mismo"

El tercer domingo de la cuaresma nos invita a profundizar en las cuestiones y preguntas más importantes de la vivencia de la fe: cómo se manifiesta Dios, cómo percibimos su presencia y las consecuencias de estas experiencias, que afectan radicalmente nuestra vida. La vivencia de la fe tiene mucho que ver con cómo experimentamos la presencia divina y cómo la pensamos, también. Así nos lo mostraba la primera lectura que nos narra la experiencia primera y radical de Dios que tuvo Moisés y que hizo de él un personaje clave de la historia de la salvación. Moisés es un hombre que ha nacido dentro de una tradición aunque se ha formado en otra. Con este bagaje se encuentra, histórica y realmente, con el Dios de sus padres, a quien, probablemente, ignoraba. En realidad, es este Dios quien le encuentra, le llama, le introduce en ese “lugar sagrado”, templo improvisado en un poco de tierra montañosa y con la ayuda de una zarza que llama su atención. En este decorado, muy adaptado a las circunstancias del personaje que “sufre” la visión, lo decisivo es la palabra y lo que le comunica Dios. La palabra se escucha una vez que Moisés responde correctamente a la llamada –“aquí estoy”– y reconoce la presencia divina. Entonces Dios se explica, recuerda la historia de la salvación, que le ha convertido en el “Dios de tus padres”. Moisés, entonces, experimenta el “temor” de la presencia divina y escucha las razones de Dios y la misión que a él se le encomienda.

Dios se ha manifestado como ‘Yo soy’ y ‘Yo estoy’, quien es estando presente, aquél que se manifiesta en medio de los suyos actuando su salvación y su rescate de la opresión concreta que están sufriendo. En el Evangelio, a Jesús le plantean específicamente la pregunta sobre la presencia y la acción de Dios, si toma o no partido, especialmente por aquellos que “intentan” manifestar (o apropiarse) de su soberanía sobre el mundo. Jesús responde que la palabra divina para todos es la invitación a la conversión, que es, con mucho, lo que más necesitamos porque si no, “todos pereceréis de la misma manera”, esto es, sin ningún sentido. Esto vale tanto para los supuestos defensores violentos de la voluntad divina como para los que son víctimas de accidentes o cataclismos. Dios llama ahora en Jesús, su persona humana es el “terreno sagrado”, la ocasión para el encuentro con el Dios verdadero y para la conversión que, al fin y al cabo, no es sino aceptar su voluntad y la misión que nos encomienda, hacer camino con Él. Claramente, en el Evangelio, es escuchar, creer y seguir a Jesús y lo demás no es más que ocupar terreno en balde, desperdiciar la vida y la oferta de Dios que, no obstante, se extiende un año más, una cuaresma más a ver si nos decidimos o profundizamos en la decisión tomada.

» Primera Lectura

Lectura del Libro del Exodo 3, 1-8a. 13-15

En aquellos días, pastoreaba Moisés el rebaño de su suegro Jetró, sacerdote de Madián; llevó el rebaño transhumando por el desierto hasta llegar a Horeb, el monte de Dios.
El ángel del Señor se le apareció en una llamarada entre las zarzas. Moisés se fijó: la zarza ardía sin consumirse.
Moisés se dijo:
–Voy a acercarme a mirar este espectáculo admirable, a ver cómo es que no se quema la zarza.
Viendo el Señor que Moisés se acercaba a mirar, lo llamó desde la zarza:
–Moisés, Moisés.
Respondió él:
–Aquí estoy.
Dijo Dios:
–No te acerques; quítate las sandalias de los pies, pues el sitio que pisas es terreno sagrado.
Y añadió:
–Yo soy el Dios de tus padres, el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob.
Moisés se tapó la cara, temeroso de ver a Dios.
El Señor le dijo:
–He visto la opresión de mi pueblo en Egipto, he oído sus quejas contra los opresores, me he fijado en sus sufrimientos. Voy a bajar a librarlos de los egipcios, a sacarlos de esta tierra, para llevarlos a una tierra fértil y espaciosa, tierra que mana leche y miel.
Moisés replicó a Dios:
–Mira, Yo iré a los israelitas y les diré: el Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros. Si ellos me preguntan cómo se llama este Dios, ¿qué les respondo?
Dios dijo a Moisés:
–«Soy el que soy». Esto dirás a los israelitas: «Yo–soy» me envía a vosotros.
Dios añadió:
– Esto dirás a los israelitas: el Señor Dios de vuestros padres, Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob, me envía a vosotros. Este es mi nombre para siempre: así me llamaréis de generación en generación.

» Segunda Lectura

Lectura de la primera carta del Apóstol San Pablo a los Corintios 10, 1-6. 10-12

Hermanos:
No quiero que ignoréis que nuestros padres estuvieron todos bajo la nube y todos atravesaron el mar y todos fueron bautizados en Moisés por la nube y el mar; y todos comieron el mismo alimento espiritual y todos bebieron la misma bebida espiritual, pues bebían de la roca espiritual que les seguía; y la roca era Cristo. Pero la mayoría de ellos no agradaron a Dios, pues sus cuerpos quedaron tendidos en el desierto.
Estas cosas sucedieron en figura para nosotros, para que no codiciemos el mal como lo hicieron nuestros padres.
No protestéis como protestaron algunos de ellos, y perecieron a manos del Exterminador.
Todo esto les sucedía como un ejemplo: y fue escrito para escarmiento nuestro, a quienes nos ha tocado vivir en la última de las edades. Por lo tanto, el que se cree seguro, ¡cuidado! no caiga.

» Evangelio

+ Lectura del santo Evangelio según San Lucas 13, 1-9

En aquella ocasión se presentaron algunos a contar a Jesús lo de los galileos, cuya sangre vertió Pilato con la de los sacrificios que ofrecían. Jesús les contestó:
–¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos, porque acabaron así? Os digo que no; y si no os convertís, todos pereceréis lo mismo. Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no. Y si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera.
Y les dijo esta parábola:
Uno tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró.
Dijo entonces al viñador:
–Ya ves: tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a ocupar terreno en balde?
Pero el viñador contestó:
–Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Si no, el año que viene la cortarás.

LECTURAS DEL DOMINGO


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