Evangelio dominical

EVANGELIO DOMINICAL

«Maestro, que pueda ver»
22-10-2021
«Maestro, que pueda ver»

Como ya pudimos ver el domingo anterior, todo lo que sucede en esta “subida” de Jesús a Jerusalén es utilizado por él y por el Evangelio para instruir, para abrir los ojos y el corazón de los discípulos ante lo que se avecina, esto que hemos llamado el “verdadero camino del mesías”. Así, tanto la primera lectura como el Evangelio, ilustraban que este camino es también de luz, esperanza y salvación. El profeta Jeremías subrayaba en el ese fragmento de su “famoso” libro de la Consolación cómo sería el retorno de los exiliados a Babilonia: “una gran multitud retorna”, una multitud “inclusiva” que diríamos hoy porque en ella también hay ciegos, cojos, preñadas, paridas, es decir, todos tendrán un lugar en este retorno a la tierra de la promesa, en esa “salvación” y todo volverán “entre consuelos” aunque se marcharan “llorando” y, realmente, Dios será padre para Israel y el pueblo se sentirá como su primogénito.

Quizá se puede decir más alto pero no más claro: la subida de Jesús a Jerusalén hay que verla a la luz de este prometido (y realizado) segundo éxodo desde el exilio. Será, de hecho, el retorno definitivo, el que realizará, definitivamente, la salvación prometida por Dios. Y así lo pueden “ver” quienes acompañan a Jesús, entonces, y quienes lo acompañamos ahora en este relato concreto del evangelio. Jesús ha curado ya a algunos ciegos durante su ministerio pero el evangelista quiere darle a este un significado especial. Jesús va de camino, está en marcha. Llega a Jericó, una ciudad importante, y no se detiene, sigue adelante, como allí no hubiese nada que le interesase. El ciego, Bartimeo, está sentado “al borde” de este mismo camino que lleva Jerusalén y cuando oye que es Jesús de Nazaret quien pasa, se pone a gritarle ya que como ‘hijo de David’ que es el mesías, tiene poder y autoridad para curar y devolver la vista –según una creencia popular de entonces–. El ciego sabe que se la juega y por eso grita con todas sus fuerzas, contra quienes le quieren hacer callar: ‘hijo de David, ten compasión de mí’. Así consigue que Jesús le llame, le pregunte qué quiere y le devuelve la visión diciéndole que es “tu fe te ha curado”. Sin duda, es un gran bien para el ciego, el mayor en ese momento, pero también un mensaje para todos los que le siguen por ese camino: solo la fe, la confianza en Él, el “gritarle” y pedir la compasión divina, esto es, la salvación, abrirá nuestros ojos a lo que realmente sucederá en Jerusalén, la “salvación de Dios” para todos.

» Primera Lectura

Lectura del libro de Jeremías 31, 7-9

Así dice el Señor:
«Gritad de alegría por Jacob,
 regocijaos por el mejor de los pueblos;
proclamad, alabad y decid:
El Señor ha salvado a su pueblo,
al resto de Israel.
Mirad que yo os traeré del país del norte,
os congregaré de los confines de la tierra.
Entre ellos hay ciegos y cojos,
preñadas y paridas:
una gran multitud retorna.
Se marcharon llorando,
los guiaré entre consuelos;
los llevaré a torrentes de agua,
por un camino llano en que no tropezarán.
Seré un padre para Israel,
Efraín será mi primogénito.»

» Segunda Lectura

Lectura de la carta a los Hebreos 5, 1-6

Hermanos:
Todo sumo sacerdote, escogido entre los hombres, está puesto para representar a los hombres en el culto a Dios: para ofrecer dones y sacrificios por los pecados.
El puede comprender a los ignorantes y extraviados, ya que él mismo está envuelto en debilidades.
A causa de ellas, tiene que ofrecer sacrificios por sus propios pecados, como por los del pueblo.
Nadie puede arrogarse este honor: Dios es quien llama, como en el caso de Aarón. Tampoco Cristo se confirió a sí mis­mo la dignidad de sumo sacerdote, –sino aquel que le dijo: «Tú eres mi Hijo: yo te he engendrado hoy», o, como dice otro pasaje de la Escritura: «Tú eres sacerdote eterno, se­gún el rito de Melquisedec.»

» Evangelio

+Lectura del santo evangelio según san Marcos 10, 46-52

En aquel tiempo, al salir Jesús de Jericó con sus discípulos y bastante gente, el ciego Bartimeo, el hijo de Timeo, estaba sentado al borde del camino, pidiendo limosna. Al oír que era Jesús Nazareno, empezó a gritar:
– «Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí.»
Muchos lo regañaban para que se callara. Pero él gritaba más:
– «Hijo de David, ten compasión de mí.»
Jesús se detuvo y dijo:
– «Llamadlo.»
Llamaron al ciego, diciéndole:
– «Animo, levántate, que te llama.»
Soltó el manto, dio un salto y se acercó Jesús le dijo:
– «¿Qué quieres que haga por ti?»
El ciego le contestó:
– «Maestro, que pueda ver.»
a Jesús.
Jesús le dijo:
– «Anda, tu fe te ha curado.»
Y al momento recobró la vista y lo seguía por el camino.

LECTURAS DEL DOMINGO


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