Evangelio dominical

EVANGELIO DOMINICAL

«¿También vosotros queréis marcharos?»
20-08-2021
«¿También vosotros queréis marcharos?»

Retomamos el capítulo VI de san Juan justo en el final. Nos hemos “perdido” la segunda parte del discurso del pan de vida, en el que Jesús explicaba cómo y por qué era el Pan de vida que ha bajado del cielo para entregarse, en la carne, para la vida del mundo. Expuesto lo que tenía que decir, en el relato de hoy se pide a todos los que escuchamos una decisión. El texto comienza con el resumen de Jesús y la respuesta en la que muchos adelantan la decisión que ya han tomado: “este modo de hablar es muy duro” y no podemos hacerle caso, justo al revés que la primera lectura donde, a pregunta de Josué “todo el pueblo” respondió que el Señor era su único Dios y que le servirían.

Cada manifestación o revelación del Dios verdadero está pidiendo una decisión de quienes escuchamos, vemos o experimentamos. Y en esta ocasión, se trata de una pregunta y de una decisión que son clave. Jesús ha manifestado, a las claras, que es el Pan Vivo que ha bajado de cielo, esto es, la salvación enviada por el mismo Dios en persona y asequible para toda persona con la única condición –aunque esencial– de acogerle, “creyendo en Él”, esto es, asumiéndole como quien es: el Signo definitivo de la presencia viva de Dios con su pueblo, el cumplimiento inesperado y más allá de toda expectativa de todas las promesas divinas. Como en aquel tiempo, el Signo sigue siendo Él, hecho presente en nuestra vida, muy especialmente en la celebración de la Palabra y la Eucaristía y en la fraternidad que ésta genera y sostiene. Cada celebración, cada domingo especialmente, tomamos o profundizamos en esta decisión. Acogemos a Cristo en la Palabra, nos dejamos enseñar por Dios mismo manifestado en una historia de salvación que se dirige a Él. Creer a Jesús es comprender que Dios quería hacer precisamente esto: venir entre nosotros, no solo vivir en medio de nosotros, sino con cada uno, incluso dentro de cada uno, como subrayan los místicos del Carmelo. Pero nuestra celebración es mucho más que este encuentro en la comprensión, este “caer en la cuenta”: Cristo es también carne en ese pan entregado y partido que revive aquella noche en que todo se desveló y se cumplió en la vida y en el Sacramento. Comer esta carne y beber esta sangre es el empujón decisivo; Dios en Cristo ya no podía llevar la revelación más allá y ahora es nuestro turno de creer que este hombre es de verdad el Pan vivo que ha bajado del cielo –el Santo consagrado por Dios– y se ha quedado entre nosotros hasta que todo acabe, hasta que no lleve a cada uno con él, junto a él.

» Primera Lectura

Lectura del libro de Josué 24, 1-2a. 15-17. 18b

En aquellos días, Josué reunió a las tribus de Israel en Si­quén. Convocó a los ancianos de Israel, a los cabezas de familia, jueces y alguaciles, y se presentaron ante el Señor. Josué habló al pueblo:
– «Si no os parece bien servir al Señor, escoged hoy a quién queréis servir: a los dioses que sirvieron vuestros antepasados al este del Éufrates o a los dioses de los amorreos en cuyo país ha­bitáis; yo y mi casa serviremos al Señor.»
El pueblo respondió:
– «¡Lejos de nosotros abandonar al Señor para servir a dio­ses extranjeros! El Señor es nuestro Dios; él nos sacó a nosotros y a nuestros padres de la esclavitud de Egipto; él hizo a nuestra vista grandes signos, nos protegió en el camino que recorrimos .y entre todos los pueblos por donde cruzamos. También noso­tros serviremos al Señor: ¡es nuestro Dios!»

» Segunda Lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 5,21-32

Hermanos:
Sed sumisos unos a otros con respeto cristiano.
Las mujeres, que se sometan a sus maridos como al Señor; porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabe­za de la Iglesia; él, que es el salvador del cuerpo. Pues como la Iglesia se somete a Cristo, así también las mujeres a sus maridos en todo.
Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a su Iglesia.
Él se entregó a sí mismo por ella, para consagrarla, purificán­dola con el baño del agua y la palabra, y para colocarla ante sí gloriosa, la Iglesia, sin mancha ni arruga ni nada semejante, sino santa e inmaculada. Así deben también los maridos amar a sus mujeres, como cuerpos suyos que son.
Amar a su mujer es amarse a sí mismo. Pues nadie jamás ha odiado su propia carne, sino que le da alimento y calor, como
Cristo hace con la Iglesia, porque somos miembros de su cuerpo.
«Por eso abandonará. el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne.»
Es éste un gran misterio: y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia.

» Evangelio

+Lectura del santo evangelio según san Juan 6, 60-69

En aquel tiempo, muchos discípulos de Jesús, al oírlo, di­jeron:
– «Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?»
Adivinando Jesús que sus discípulos lo criticaban, les dijo:
– «¿Esto os hace vacilar?, ¿y si vierais al Hijo del hombre subir a donde estaba antes? El espíritu es quien da vida; la carne no sirve de nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y vida. Y con todo, algunos de vosotros no creen.»
Pues Jesús sabía desde el principio quiénes no creían y quién lo iba a entregar. Y dijo:
– «Por eso os he dicho que nadie puede venir a mi, si el Pa­dre no se lo concede.»
Desde entonces, muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él.
Entonces Jesús les dijo a los Doce:
– «¿También vosotros queréis marcharos?»
Simón Pedro le contestó:
– «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios.»

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