Evangelio dominical

EVANGELIO DOMINICAL

«¿Eres tú el Mesías, el Hijo de Dios bendito?»
26-03-2021
«¿Eres tú el Mesías, el Hijo de Dios bendito?»

Entramos en esta Semana Santa que nos permiten vivir casi por los pelos, al mínimo, a través, como siempre, de este Domingo de Ramos en la Pasión del Señor. Y ya que los Ramos y la procesión de la entrada del Señor en Jerusalén quedarán este año como un mero gesto e intención, centrémonos por tanto en la introducción y vivencia por adelantado y en conjunto de la Pasión del Señor. En esta ocasión hemos leído la de Marcos, el que dicen que es el relato más antiguo de estos hechos a la vez que es el núcleo de todo el evangelio (alguien ha dicho que Marcos no es sino el relato de la Pasión con una introducción). Y esto es lo que nos llama la atención en primer lugar: la sobriedad del relato, que quiere adaptarse a los hechos con la mínima interpretación. La primera lectura ya nos ha dado las claves: este hombre a quien contemplamos en su sufrimiento y muerte es el Siervo del Señor, el misterioso profeta que se adentra en la dimensión de la realidad que más miedo da, la del desprecio, el sufrimiento y la muerte para ser así capaz de “decir al abatido una palabra de aliento”. Por esa razón, Jesús no se defiende, especialmente durante su juicio, se limita a proclamar la verdad que sabe y cree que es el “el Mesías, el Hijo de Dios bendito”, y también el “Hijo del hombre” al que verán “sentado a la derecha del Todopoderoso” y que vendrá “entre las nubes del cielo”. Esta declaración les basta para condenarle con toda falsedad (no era delito proclamar que uno era el Mesías, aunque habría que probarlo con los actos y con la vida). El relato manifiesta el deseo imparable de aquellas gentes por quitar de en medio a este hombre, insufrible y molesto, verdadera esperanza de los pobres, olvidados y abatidos, que es una magnífica representación del miedo humano a todo aquello que nos denuncia y supera y que nos invita a elevarnos y vivir de otra manera. La interpretación la tenemos en la segunda lectura: el Hijo de Dios bendito no se entretuvo en “retener su condición divina” como hubiera hecho cualquier hombre –nos esforzamos en retener lo que poco que creemos haber logrado o encontrado– sino en “despojarse”, “tomar la condición de servidor”, “vivir como un hombre cualquiera” y someterse incluso a una muerte como la de la cruz. Pero ahí está la razón de que ahora es Señor y esperanza para todos. A través de la Pasión, el Mesías Jesús ratifica y muestra realmente la presencia del Dios verdadero, exactamente cómo le proclama el centurión de la fuerza que lo crucifica, tras contemplar su muerte, verdadero resumen de toda su vida: ¡¡Realmente este hombre era Hijo de Dios!!

» Primera Lectura

Lectura del libro de Isaías 50, 4-7

Mi Señor me ha dado una lengua de iniciado,
para saber decir al abatido
una palabra de aliento.
Cada mañana me espabila el oído,
para que escuche como los iniciados.
El Señor me abrió el oído;
y yo no resistí ni me eché atrás:
ofrecí la espalda a los que me apaleaban,
las mejillas a los que mesaban mi barba;
no me tapé el rostro ante ultrajes ni salivazos.
Señor me ayuda, por eso no sentía los ultrajes;
por eso endurecí el rostro como pedernal,
sabiendo que no quedaría defraudado.

» Segunda Lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses     29 6-11

Cristo, a pesar de su condición divina,
no hizo alarde de su categoría de Dios;
al contrario, se despojó de su rango
y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos.
Y así, actuando como un hombre cualquiera,
se rebajó hasta someterse incluso a la muerte,
y una muerte de cruz.
Por eso Dios lo levantó sobre todo
y le concedió el «Nombre–sobre–todo–nombre»;
de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble
en el cielo, en la tierra, en el abismo,
y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor,
para gloria de Dios Padre.

» Evangelio

Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos   14,1-15,47

Pretendían prender a Jesús a traición y darle muerte
C.Faltaban dos días para la Pascua y los Ázimos. Los sumos sacerdotes y los escribas pretendían prender a Jesús a traición y darle muerte. Pero decían:
S. – «No durante las fiestas; podría amotinarse el pueblo.»
Se ha adelantado a embalsamar mi cuerpo para la sepultura
C.Estando Jesús en Betania, en casa de Simón, el lepro­so, sentado a la mesa, llegó una mujer con un frasco de per­fume muy caro, de nardo puro; quebró el frasco y lo derramó en la cabeza de Jesús. Algunos comentaban indignados:
S. – «¿A qué viene este derroche de perfume? Se podía ha­ber vendido por más de trescientos denarios para dárselo a los pobres.»
C. Y regañaban a la mujer. Pero Jesús replicó:
+–«Dejadla, ¿por qué la molestáis? Lo que ha hecho conmigo está bien. Porque a los pobres los tenéis siempre con vosotros y podéis socorrerlos cuando queráis; pero a mí no me tenéis siempre. Ella ha hecho lo que podía: se ha adelanta­do a embalsamar mi cuerpo para la sepultura. Os aseguro que, en, cualquier parte del mundo donde se proclame el Evange­lio, se recordará también lo que ha hecho ésta.»
Prometieron dinero a judas Iscariote
C. Judas Iscariote, uno de los Doce, se presentó a los su­mos sacerdotes para entregarles a Jesús. Al oírlo, se alegraron y le prometieron dinero. El andaba buscando ocasión propicia para entregarlo.
¿Dónde está la habitación en que voy a comer la Pascua con mis discípulos?
C. El primer día de los Ázimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual, le dijeron a Jesús sus discípulos:
S.–«¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena
de Pascua?»
C. El envió a dos discípulos, diciéndoles:
+ –«Id a la ciudad, encontraréis un hombre que lleva un cántaro de agua; seguidlo y, en la casa en que entre, decid­le al dueño: "El Maestro pregunta: ¿Dónde está la habitación en que voy a comer la Pascua con mis discípulos?"
Os enseñará una sala grande en el piso de arriba, arregla­da con divanes. Preparadnos allí la cena.»
C. Los discípulos se marcharon, llegaron a la ciudad, encontraron lo que les había dicho y prepararon la cena de Pascua.
Uno de vosotros me va a entregar: uno que está comiendo conmigo
C. Al atardecer fue él con los Doce. Estando a la mesa comiendo, dijo Jesús:
+ «Os aseguro que uno de vosotros me va a entre uno que está comiendo conmigo.»
C. Ellos, consternados, empezaron a preguntarle uno tras otro:
S.–«¿Seré yo.»
C.Respondió:
+ –«Uno de los Doce, el que está mojando en la mis­ma fuente que yo. El Hijo del hombre se va, como está escrito de él; pero, ¡ay del que va a entregar al Hijo del hombre!, ¡más le valdría no haber nacido!»
Esto es mi cuerpo. Ésta es mi sangre, sangre de la alianza.
C.Mientras comían, Jesús tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio, diciendo:
+–«Tomad, esto es mi cuerpo.»
C.Cogiendo una copa, pronunció la acción de gracias, se la dio, y todos bebieron.
Y les dijo):
+ –«Esta es mi sangre, sangre de la alianza, derramada por todos. Os aseguro que no volveré a beber del fruto de la vid hasta el día que beba el vino nuevo en el reino de Dios.»
Antes que el gallo cante dos veces me habrás negado tres.
C.Después de cantar el salmo, salieron para el monte de los Olivos. Jesús les dijo:
+–«Todos vais a caer, como está escrito: "Heriré al pastor, y se dispersarán las ovejas.
Pero, cuando resucite, iré antes que vosotros a Galilea.»
C. Pedro replicó:
S. – «Aunque todos caigan, yo no.»
C. Jesús le contestó:
+ –«Te aseguro que tú hoy, esta noche, antes que el gallo cante dos veces, me habrás negado tres.»
C. Pero él insistía:
S.–«Aunque tenga que morir contigo, no te negaré.»
C. Y los demás decían lo mismo.
Empezó a sentir terror y angustia
C. Fueron a un huerto, que llaman Getsemaní, y dijo a sus discípulos:
+–«Sentaos aquí mientras voy a orar.»
C. Se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan, empezó a sentir terror y angustia, y les dijo:
+ –«Me muero de tristeza; quedaos aquí velando.»
C. Y, adelantándose un poco, se postró en tierra pidien­do que, si era posible, se alejase de él aquella hora; y dijo:
+–«Abba! (Padre), tú lo puedes todo; aparta de mí este cáliz.
Pero no lo que yo quiero, sino lo que tú quieres.»
C. Volvió y, al encontrarlos dormidos, dijo a Pedro:
+–«Simón, ¿duermes?; ¿no has podido velar ni una hora? Velad y orad, para no caer en la tentación; el espíritu es decidido, pero la carne es débil.»
C. De nuevo se apartó y oraba repitiendo las mismas pa­labras. Volvió, y los encontró otra vez dormidos, porque te­nían los ojos cargados. Y no sabían qué contestarle. Volvió por tercera vez y les dijo:
+ –«Ya podéis dormir y descansar. ¡Basta! Ha llegado la hora; mirad que el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levantaos, vamos! Ya está cerca el que me entrega.»
Prendedlo y conducidlo bien sujeto
C.Todavía estaba hablando, cuando se presentó judas, uno de los Doce, y con él gente con espadas y palos, manda­da por los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos. El traidor les había dado una contraseña, diciéndoles:
S. –«Al que yo bese, ése es; prendedlo y conducidlo bien sujeto.»
C. Y en cuanto llegó, se acercó y le dijo:
S.–«¡Maestro!»
C. Y lo besó. Ellos le echaron mano y lo prendieron. Pero uno de los presentes, desenvainando la espada, de un golpe le cortó la oreja al criado del sumo sacerdote. Jesús tomó la palabra y les dijo:
+–«¿Habéis salido a prenderme con espadas y palos, como a un bandido? A diario os estaba enseñando en el tem­plo, y no me detuvisteis. Pero, que se cumplan las Escrituras.»
C. Y todos lo abandonaron y huyeron.
Lo iba siguiendo un muchacho, envuelto sólo en una sá­bana, y le echaron mano; pero él, soltando la sábana, se les escapó desnudo.
¿Eres tú el Mesías, el Hijo de Dios bendito?
C.Condujeron a Jesús a casa del sumo sacerdote, y se reunieron todos los sumos sacerdotes y los ancianos y los es­cribas. Pedro lo fue siguiendo de lejos, hasta el interior del palacio del sumo sacerdote; y se sentó con los criados a la lumbre para calentarse.
Los sumos sacerdotes y el Sanedrín en pleno buscaban un testimonio contra Jesús, para condenarlo a muerte; y no lo encontraban. Pues, aunque muchos daban falso testimonio contra él, los testimonios no concordaban. Y algunos, ponién­dose en pie, daban testimonio contra él, diciendo:
S.–«Nosotros le hemos oído decir: "Yo destruiré este templo, edificado por hombres, y en tres días construiré otro no edificado por hombres."»
C. Pero ni en esto concordaban los testimonios.
El sumo sacerdote se puso en pie en medio e interrogó a Jesús:
S. –«¿No tienes nada que responder? ¿Qué son estos cargos que levantan contra ti?»
C. Pero él callaba, sin dar respuesta. El sumo sacerdote lo interrogó de nuevo, preguntándole:
S. – «¿Eres tú el Mesías, el Hijo de Dios bendito? ... »
C. Jesús contestó:
+ –«Sí, lo soy. Y veréis que el Hijo del hombre está sentado a la derecha del Todopoderoso y que viene entre las nubes del cielo.»
C. El sumo sacerdote se rasgó las vestiduras, diciendo:
S. – «¿Qué falta hacen más testigos? Habéis oído la blas­femia. ¿Qué decís?»
C. Y todos lo declararon reo de muerte. Algunos se pusieron a escupirle y, tapándole la cara, lo abofeteaban y le decían:
S. –«Haz de profeta.»
C. Y los criados le daban bofetadas.
No conozco a ese hombre que decís
C.Mientras Pedro estaba abajo en el patio, llegó una
criada del sumo sacerdote y, al ver a Pedro calentándose, lo
miró y dijo:
S. – «También tú andabas con Jesús, el Nazareno.»
C. Él lo negó, diciendo:
S. –«Ni sé ni entiendo lo que quieres decir.»
C. Salió fuera al zaguán, y un gallo cantó.
La criada, al verlo, volvió a decir a los presentes:
S. – «Éste es uno de ellos.»
C. Y él volvió a negar.
Al poco rato, también los presentes dijeron a Pedro:
S.–«Seguro que eres uno de ellos, pues eres galileo.»
C. Pero él se puso a echar maldiciones y a jurar:
S. –«No conozco a ese hombre que decís.»
C. Y en seguida, por segunda vez, cantó un gallo. Pedro se acordó de las palabras que le había dicho Jesús: «Antes de que cante el gallo dos veces, me habrás negado tres», y rom­pió a llorar.
¿Queréis que os suelte al rey de los judíos?
C. Apenas se hizo de día, los sumos sacerdotes, con los ancianos, los escribas y el Sanedrín en pleno, se reunieron, y, at4ndo a Jesús, lo llevaron y lo entregaron a Pilato.
Pilato le preguntó:
S. – «¿Eres tú el rey de los judíos?»
C. Él respondió:
+ –«Tú lo dices.»
C. Y los sumos sacerdotes lo acusaban de muchas cosas.
Pilato le preguntó de nuevo:
S. –«¿No contestas nada? Mira cuántos cargos presen­tan contra ti.»
C. Jesús no contestó más; de modo que Pilato estaba muy extrañado.
Por la fiesta solía soltarse un preso, el que le pidieran. Es­taba en la cárcel un tal Barrabás, con los revoltosos que ha­bían cometido un homicidio en la revuelta. La gente subió y empezó a pedir el indulto de costumbre.
Pilato les contestó:
S.–«¿Queréis que os suelte al rey de los judíos?»
C. Pues sabía que los sumos sacerdotes se lo habían en­tregado por envidia.
Pero los sumos sacerdotes soliviantaron a la gente para que pidieran la libertad de Barrabás.
Pilato tomó de nuevo la palabra y les preguntó:
S. –«¿Qué hago con el que llamáis rey de los judíos?»
C. Ellos gritaron de nuevo:
S.–«¡Crucifícalo!»
C. Pilato les dijo:
S. –«Pues ¿qué mal ha hecho?»
C. Ellos gritaron más fuerte:
S.–«¡Crucifícalo!»
C. Y Pilato, queriendo dar gusto a la gente, les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran.
Le pusieron una corona de espinas, que habían trenzado
C. Los soldados se lo llevaron al interior del palacio –al pretorio– y reunieron a toda la compañía. Lo vistieron de púrpura, le pusieron una corona de espinas, que habían tren­zado, y comenzaron a hacerle el saludo:
S. – «¡Salve, rey de los judíos!»
C. Le golpearon la cabeza con una caña, le escupieron; y, doblando las rodillas, se postraban ante él.
Terminada la burla, le quitaron la púrpura y le pusieron su ropa. Y lo sacaron para crucificarlo.
Llevaron a Jesús al Gólgota y lo crucificaron
C. Y a uno que pasaba, de vuelta del campo, a Simón de Cirene, el padre de Alejandro y de Rufo, lo forzaron a llevar la cruz.
Y llevaron a Jesús al Gólgota (que quiere decir lugar de «la Calavera»), y le ofrecieron vino con mirra; pero él no lo aceptó. Lo crucificaron y se repartieron sus ropas, echándolas a suerte, para ver lo que se llevaba cada uno.
Era media mañana cuando lo crucificaron. En el letrero de la acusación estaba escrito: «El rey de los judíos.» Crucifi­caron con él a dos bandidos, uno a su derecha y otro a su iz­quierda. Así se cumplió la Escritura que dice: «Lo considera­ron como un malhechor.»
A otros ha salvado, y a sí mismo no se puede salvar
C. Los que pasaban lo injuriaban, meneando la cabeza y diciendo:
S.–«¡Anda!, tú que destruías el templo y lo recons­truías en tres días, sálvate a ti mismo bajando de la cruz.»
C. Los sumos sacerdotes con los escribas se burlaban también de él, diciendo:
S. – «A otros ha salvado, y a sí mismo no se puede sal­var. Que el Mesías, el rey de Israel, baje ahora de la cruz, para que lo veamos y creamos.»
C.También los que estaban crucificados con él lo insul­taban.
Jesús, dando un fuerte grito, expiró
C. Al llegar el mediodía, toda la región quedó en tinie­blas hasta la media tarde. Y, a la media tarde, Jesús clamó con voz potente:
+–«Eloí, Eloí, lamá sabaktaní.»
C. Que significa:
+ –«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»
C.Algunos de los presentes, al oírlo, decían:
S.–«Mira, está llamando a Elías.»
C. Y uno echó a correr y, empapando una esponja en vi­nagre, la sujetó a una caña, y le daba de beber, diciendo:
S. – «Dejad, a ver si viene Elías a bajarlo.»
C. Y Jesús, dando un fuerte grito, expiró.
Todos se arrodillan, y se hace una pausa.
C. El velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo.
El centurión, que estaba enfrente, al ver cómo había expi­rado, dijo:
S.–«Realmente este hombre era Hijo de Dios.»
C. Había también unas mujeres que miraban desde lejos; entre ellas, María Magdalena, María, la madre de Santiago el Menor y de José, y Salomé, que, cuando él estaba en Galilea, lo seguían para atenderlo; y otras muchas que habían subido con él a Jerusalén.
José rodó una piedra a la entrada del sepulcro
C. Al anochecer, como era el día de la Preparación, vís­pera del sábado, vino José de Arimatea, noble senador, que también aguardaba el reino de Dios; armándose de valor, se presentó ante Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús.
Pilato se extrañó de que hubiera muerto ya; y, llamando al centurión, le preguntó si hacía mucho tiempo que había muerto.
Informado por el centurión, concedió el cadáver a José. Este compró una sábana y, bajando a Jesús, lo envolvió en la sábana y lo puso en un sepulcro, excavado en una roca, y rodó una piedra a la entrada del sepulcro.
María Magdalena y María la de José observaban dónde lo ponían.
Palabra del Señor.
O bien más breve:
Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos 15, 1-39
¿Queréis que os suelte al rey de los judíos?
C. Apenas se hizo de día, los sumos sacerdotes, con los ancianos, los escribas y el Sanedrín en pleno, se reunieron, y, at4ndo a Jesús, lo llevaron y lo entregaron a Pilato.
Pilato le preguntó:
S. – «¿Eres tú el rey de los judíos?»
C. Él respondió:
+ –«Tú lo dices.»
C. Y los sumos sacerdotes lo acusaban de muchas cosas.
Pilato le preguntó de nuevo:
S. –«¿No contestas nada? Mira cuántos cargos presen­tan contra ti.»
C. Jesús no contestó más; de modo que Pilato estaba muy extrañado.
Por la fiesta solía soltarse un preso, el que le pidieran. Es­taba en la cárcel un tal Barrabás, con los revoltosos que ha­bían cometido un homicidio en la revuelta. La gente subió y empezó a pedir el indulto de costumbre.
Pilato les contestó:
S.–«¿Queréis que os suelte al rey de los judíos?»
C. Pues sabía que los sumos sacerdotes se lo habían en­tregado por envidia.
Pero los sumos sacerdotes soliviantaron a la gente para que pidieran la libertad de Barrabás.
Pilato tomó de nuevo la palabra y les preguntó:
S. –«¿Qué hago con el que llamáis rey de los judíos?»
C. Ellos gritaron de nuevo:
S.–«¡Crucifícalo!»
C. Pilato les dijo:
S. –«Pues ¿qué mal ha hecho?»
C. Ellos gritaron más fuerte:
S.–«¡Crucifícalo!»
C. Y Pilato, queriendo dar gusto a la gente, les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran.
Le pusieron una corona de espinas, que habían trenzado
C. Los soldados se lo llevaron al interior del palacio –al pretorio– y reunieron a toda la compañía. Lo vistieron de púrpura, le pusieron una corona de espinas, que habían tren­zado, y comenzaron a hacerle el saludo:
S. – «¡Salve, rey de los judíos!»
C. Le golpearon la cabeza con una caña, le escupieron; y, doblando las rodillas, se postraban ante él.
Terminada la burla, le quitaron la púrpura y le pusieron su ropa. Y lo sacaron para crucificarlo.
Llevaron a Jesús al Gólgota y lo crucificaron
C. Y a uno que pasaba, de vuelta del campo, a Simón de Cirene, el padre de Alejandro y de Rufo, lo forzaron a llevar la cruz.
Y llevaron a Jesús al Gólgota (que quiere decir lugar de «la Calavera»), y le ofrecieron vino con mirra; pero él no lo aceptó. Lo crucificaron y se repartieron sus ropas, echándolas a suerte, para ver lo que se llevaba cada uno.
Era media mañana cuando lo crucificaron. En el letrero de la acusación estaba escrito: «El rey de los judíos.» Crucifi­caron con él a dos bandidos, uno a su derecha y otro a su iz­quierda. Así se cumplió la Escritura que dice: «Lo considera­ron como un malhechor.»
A otros ha salvado, y a sí mismo no se puede salvar
C. Los que pasaban lo injuriaban, meneando la cabeza y diciendo:
S.–«¡Anda!, tú que destruías el templo y lo recons­truías en tres días, sálvate a ti mismo bajando de la cruz.»
C. Los sumos sacerdotes con los escribas se burlaban también de él, diciendo:
S. – «A otros ha salvado, y a sí mismo no se puede sal­var. Que el Mesías, el rey de Israel, baje ahora de la cruz, para que lo veamos y creamos.»
C.También los que estaban crucificados con él lo insul­taban.
Jesús, dando un fuerte grito, expiró
C. Al llegar el mediodía, toda la región quedó en tinie­blas hasta la media tarde. Y, a la media tarde, Jesús clamó con voz potente:
+–«Eloí, Eloí, lamá sabaktaní.»
C. Que significa:
+ –«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»
C.Algunos de los presentes, al oírlo, decían:
S. –«Mira, está llamando a Elías.»
C. Y uno echó a correr y, empapando una esponja en vi­nagre, la sujetó a una caña, y le daba de beber, diciendo:
S. – «Dejad, a ver si viene Elías a bajarlo.»
C. Y Jesús, dando un fuerte grito, expiró.
Todos se arrodillan, y se hace una pausa.
C. El velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo.
El centurión, que estaba enfrente, al ver cómo había expi­rado, dijo:
S.–«Realmente este hombre era Hijo de Dios.»

LECTURAS DEL DOMINGO

"Testigo de la luz"
11-12-2020
"Testigo de la luz"