Evangelio dominical

EVANGELIO DOMINICAL

«Lo he glorificado y volveré a glorificarlo»
19-03-2021
«Lo he glorificado y volveré a glorificarlo»

Llegamos al final de esta cuaresma a medio gas y también al recorrido que hemos hecho, guiados por la Palabra, a través de la alianza entre Dios y los hombres. De la alianza con Noé, pasamos por la de Abrahán y la de Moisés, sin haber esquivado siquiera cómo la alianza se rompió y, pese a que fue “prorrogada”, tanto el deseo Dios como el del hombre pedía a gritos que surgiese una nueva alianza, más de acuerdo a estos deseos y a las verdaderas necesidades humanas. Este anhelo lo proclamaba el profeta Jeremías (primera lectura) dentro del relato sobre la caída de Jerusalén (que abarca desde el c.28 hasta el c.40) insertando este texto y otros muy relacionados (cc. 30-31) mediante el anuncio de “una alianza nueva”. Será una alianza distinta que ya no se basará, como la primera, en un pacto entre Dios y el pueblo, sino en un encuentro entre Dios y cada uno de nosotros. Los signos de esta alianza ya no estarán fuera (la liberación histórica de Egipto, la marcha por el desierto, la proclamación de los mandamientos en el Sinaí a puro golpe de trueno y relámpago) sino en el interior de cada persona, lo cual no quiere decir que sea un asunto exclusivo de Dios y cada hombre. La alianza no sería tal si no hiciese de nosotros el pueblo de Dios pero esta vez seremos parte de la familia divina porque cada uno hemos interiorizado y personalizado la Palabra y las acciones de Dios. Estas obras y acciones también históricas se concretan en la persona y obra de Jesús (Evangelio). El texto que hemos leído se sitúa en un momento especial, casi al final del Libro de los Signos. Con motivo de que unos griegos (paganos) muestran su interés por ver a Jesús, este responde afirmando que este momento es el principio del cumplimiento de esta nueva alianza que significa que “sea glorificado el Hijo del hombre”. Pero también afirma que esta glorificación no a va ser un acto de poder o majestad sino todo lo contrario: será un anonadamiento porque es preciso atravesar la oscuridad, el sufrimiento y la muerte para que se haga realidad todo lo que Dios quiere.

En medio de esta realidad, el propio Jesús revela que se siente agitado y “tentado” de pedir al Padre que lo libre “de esta hora” pero reconociendo que lo que se avecina es el mismo cumplimiento de la misión, la razón por la que ha venido. Junto a la voz de Jesús se escucha otra, un trueno para unos, un ángel para otros, pero “una voz del cielo” que afirma que todo lo dicho y hecho por Jesús es ya parte de esta glorificación y que lo que viene también, será su culminación. Como Jesús dice, esa voz no es por él sino para nosotros, para que reconozcamos el momento del juicio y discernimiento entre la verdad de quien entrega su vida por amor y quien la retiene por miedo o egoísmo.

» Primera Lectura

Lectura del libro de Jeremías 31, 31-34

«Mirad que llegan días –oráculo del Señor–­
en que haré con la casa de Israel y la casa de Judá
una alianza nueva.
No como la alianza que hice con sus padres,
cuando los tomé de la mano para sacarlos de Egipto:
ellos quebrantaron mi alianza, aunque yo era su Señor
–oráculo del Señor–.
Sino que así será la alianza que haré con ellos,
después de aquellos días –oráculo del Señor–
Meteré mi ley en su pecho,
la escribiré en sus corazones;
yo seré su Dios,
y ellos serán mi pueblo.
Y no tendrá que enseñar uno a su prójimo,
el otro a su hermano, diciendo:
"Reconoce al Señor."
Porque todos me conocerán,
desde el pequeño al grande
–oráculo del Señor–,
cuando perdone sus crímenes
y no recuerde sus pecados.»

» Segunda Lectura

Lectura de la carta a los Hebreos 55 7-9

Cristo, en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte, cuando en su angustia fue escuchado.
El, a pesar de ser Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer. Y, llevado a la consumación, se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de salvación eterna.

» Evangelio

+Lectura del santo evangelio según san Juan 12, 20-33

En aquel tiempo, entre los que habían venido a celebrar la fiesta había algunos griegos; éstos, acercándosela Felipe, el de Betsaida de Galilea, le rogaban:
– «Señor, quisiéramos ver a Jesús.»
Felipe fue a decírselo a Andrés; y Andrés y Felipe fueron a decírselo a Jesús.
Jesús les contestó:
– «Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre.
Os aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, que a infecundo; pero si muere, da mucho fruto. El que se ama a sí mismo se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este, mundo se guardará para la vida eterna. El que quiera ser­virme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi ser­vidor; a quien me sirva, el Padre lo premiará.
Ahora mi alma está agitada, y ¿qué diré?: Padre, líbrame de esta hora. Pero si por esto he venido, para esta hora. Padre, glorifica tu nombre.»
Entonces vino una voz del cielo:
–«Lo he glorificado y volveré a glorificarlo.»
La gente que estaba allí y lo oyó decía que había sido un trueno; otros decían que le había hablado un ángel.
Jesús tomó la palabra y dijo:
–«Esta voz no ha venido por mí, sino por vosotros. Aho­ra va a ser juzgado el mundo; ahora el Príncipe de este mundo va a ser echado fuera. Y cuando yo sea elevado sobre la tierra atraeré a todos hacia mí.»
Esto lo decía dando a entender la muerte de que iba morir.

LECTURAS DEL DOMINGO