Evangelio dominical

EVANGELIO DOMINICAL

«No contéis a nadie lo que habéis visto, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos»
26-02-2021
«No contéis a nadie lo que habéis visto, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos»

Continuando el guion de esta extraña –aunque medio normal– cuaresma, el segundo domingo, siempre dedicado al misterio de la Transfiguración del Señor (Evangelio), un especial momento de revelación entre Jesús y los discípulos y, ahora, entre Jesús y nosotros. La liturgia del día sitúa la transfiguración en el contexto de la relación más íntima entre el hombre y Dios, en la raíz misma de la fe: la profunda confianza que unía a Abrahán y al Dios de Israel y que se mostró en el terrible pero aleccionador episodio del “sacrificio” de su hijo Isaac (primera lectura). La fe, como toda relación, es un proceso en el que crece la cercanía, el conocimiento y la confianza y esto, cuando se va abriendo a la vida entera, cuando se convierte en entrega completa (unión del hombre con Dios como diría san Juan de la Cruz) implica y “arriesga” todo lo humano y, por supuesto, todo lo divino. Una auténtica entrega, el amor más verdadero, no se hace con menos y si se hace, no compensa nunca y, a la larga defrauda y la fe se convierte en una relación meramente formal o en un recuerdo (en el mejor de los casos). Abrahán, el primer creyente, se ve urgido, “obligado”, impelido (como lo queramos entender porque no tenemos más datos ni al texto le importan) a ofrecer ese inaudito sacrificio: ofrecer el mayor fruto y regalo visible de la promesa recibida hace tantos años.

Para ser justos, Abrahán había recibido mucho y durante muchos años (vida y riquezas) pero este hijo era lo único que le importaba, lo único que quería de verdad, lo único que “rivalizaba” con Dios. Pero en realidad no se trataba de una rivalidad (el amor a Dios no está reñido con el amor al hombre, sino que es su fundamento y posibilidad) sino de entender cómo es la vida, qué significa que seamos criaturas, cuál es el verdadero lugar de los hijos. Con su gesto, Abrahán reconoce verdadera y vitalmente, que Dios es creador y origen de la vida, del amor, de la aventura humana. Que Él es el fundamento, el comienzo y también la meta, de este camino emprendido hace tantos años. En la transfiguración, se trata de otro hijo, pero esta vez el Hijo de Dios. Esta vez es Dios quien ofrece lo que más quiere para dejar más que clara su confianza y su oferta al hombre y, como bien sabemos, su vida humana no será respetada. Ningún cordero “providencial” sustituirá al Cordero de Dios e Hijo del hombre. Pero de esta entrega, como de la de Abrahán, renacerá la vida, la relación ya para siempre irrompible entre el Dios verdadero y el hombre hecho a su imagen.

» Primera Lectura

Lectura del libro del Génesis 22, 1-2. 9-13. 15-18

En aquellos días, Dios puso a prueba a Abrahán, llamándole:
– «¡Abrahán!»
Él respondió:
– «Aquí me tienes.»
Dios le dijo:
–«Toma a tu hijo único, al que quieres, a Isaac, y vete al país de Moria y ofrécemelo allí en sacrificio, en uno de los montes que yo te indicaré.»
Cuando llegaron al sitio que le había dicho Dios, Abrahán levantó allí el altar y apiló la leña, luego ató a su hijo Isaac y lo puso sobre el altar, encima de la leña. Entonces Abrahán tomó el cuchillo para degollar a su hijo; pero el ángel del Señor le gritó desde el cielo:
– «¡Abrahán, Abrahán!»
Él contestó:
– «Aquí me tienes.»
El ángel le ordenó:
– «No alargues la mano contra tu hijo ni le hagas nada. Ahora sé que temes a Dios, porque no te has reservado a tu hijo, tu único hijo.»
Abrahán levantó los ojos y vio un carnero enredado por los cuernos en la maleza. Se acercó, tomó el carnero y lo ofre­ció en sacrificio en lugar de su hijo.
El ángel del Señor volvió a gritar a Abrahán desde el cielo:
–«Juro por mí mismo –oráculo del Señor–: Por haber hecho esto, por no haberte reservado tu hijo único, te bendeci­ré, multiplicaré a tus descendientes como las estrellas del cielo y como la arena de la playa. Tus descendientes conquistarán las puertas de las ciudades enemigas. Todos los pueblos del mundo se bendecirán con tu descendencia, porque me has obedecido.»

» Segunda Lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos  8, 31b-34

Hermanos:
Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?
El que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará todo con él? ¿Quién acusará a los elegidos de Dios? ¿Dios, el que justifica? ¿Quién condenará? ¿Será acaso Cristo, que murió, más aún., resucitó y está a la derecha de Dios, y que intercede por nosotros?

» Evangelio

+Lectura del santo evangelio según san Marcos 9, 2-10

En aquel tiempo, Jesús se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan, subió con ellos solos a una montaña alta, y se transfiguró delante de ellos. Sus vestidos se volvieron de un blanco des­lumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mun­do.
Se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús. Entonces Pedro tomó la palabra y le dijo a Jesús:
–«Maestro, ¡qué bien se está aquí! Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Ellas.»
Estaban asustados, y no sabía lo que decía.
Se formó una nube que los cubrió, y salió una voz de la nube:
–«Éste es mi Hijo amado; escuchadlo.»
De pronto, al mirar alrededor, no vieron a nadie más que a Jesús, solo con ellos.
Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó:
–«No contéis a nadie lo que habéis visto, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.»
Esto se les quedó grabado, y discutían qué querría decir aquello de «resucitar de entre los muertos».

LECTURAS DEL DOMINGO

"Testigo de la luz"
11-12-2020
"Testigo de la luz"